sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Sigue siendo posible el compromiso?

 Hace unos días, hablando con una compañera a raíz de la situación de la atención sanitaria en las zonas con mayores niveles de deprivación, me señalaba que algo importante y que suele quedar fuera de foco es la cuestión del compromiso, de cómo nos vinculamos o no a largo plazo en los lugares en los que estamos. Y sí, es una clave fundamental, que también resuena con lo que he vivido como aliado de ATD Cuarto Mundo desde hace ya unos cuantos años, viendo como van cambiando las maneras de relacionarse con esta cuestión del compromiso. Muchas veces leemos esto en clave "jóvenes / mayores", y parece que repetimos los eternos patrones de desencuentro entre generaciones. Y algo de esto hay, pero como siempre, si ampliamos el foco más allá de las personas que nos vamos enredando en las situaciones concretas, aparecen nuevos elementos que nos pueden ayudar a entender mejor.

A mi me ha ayudado a cambiar un poco la perspectiva el libro de "El compromiso en una época oscura" (acá un resumen). Porque estos cambios en cómo nos comprometemos unxs y otrxs tienen mucho que ver con la época que estamos viviendo, que además a cada cual nos afecta de una manera diferente según el horizonte que tengamos, si tenemos ya tenemos ya "la vida hecha" o al menos ciertas seguridades, o si la incertidumbre lo inunda. Desde el primer momento el título me pareció muy atinado, aludiendo a la oscuridad de esta época, que me parece evidente, pero... ¿Qué es una época oscura? Así lo explican lxs autores:

"La oscuridad o la luminosidad de una época dependen de la existencia de posibilidades concretas de superación de los problemas que amenazan la vida, bajo todas sus formas. Una época es tanto más oscura cuantas menos posibilidades alberga en su interior."

Una de las claves que señalan es que ya no hay un sujeto identificado como protagonista de la liberación, como fue en su momento el proletariado, ni un programa o poder central que muestra el sentido de la historia, sino muchas situaciones de injusticia y víctimas de estas que cada vez cuesta más reunir en "lo común". De esta manera, el texto señala que ya no se trata de comprometerse con un programa, sino que en una época oscura se impone un compromiso de tipo investigador, en territorios y situaciones concretas, múltiples y conflictivas, con la mira puesta en generar potencia colectiva que ayude a superar el mito del individuo que nos hunde en la impotencia y nos somete al utilitarismo.

"Aquellos que se comprometen con el espíritu de la búsqueda y la investigación resultan comparables a los científicos: no pretenden que el mundo sea tal y como debiera ser, tampoco que los astros deban moverse de manera diferente en el cielo, o bien que los hombres deban volar o desplazarse a la velocidad de la luz o que las enfermedades no tuvieran que existir, y así sucesivamente. Para ellos, para nosotros, todo lo que existe posee una "razón suficiente", lo cual no impide al hombre insertar su acción en el mundo para modificarlo; es más, esto mismo constituye su propia condición. Pero sigamos la comparación con el investigador científico. El científico que investiga una vacuna o un remedio para una enfermedad muestra que aunque el mundo sea tal como debe ser, es posible influir en su orden e introducir cambios. La comprensión y la aceptación del mundo tal y como es no solo resulta compatible con el deseo de cambiar el orden de las cosas, sino que dichas actitudes constituyen precisa mente su condición de posibilidad."

Para esto es clave focalizar no en las identidades, sino en lo que nos vincula y enreda con otras personas en los territorios que habitamos.

"Buena parte de la impotencia actual proviene precisamente de esto: nos sentimos impotentes, separados de nosotros mismos, evolucionando en la vida sin cuerpo, sin ataduras, sin territorios, al tiempo que sufrimos la imposibilidad de intervenir en el curso del mundo y en nuestra propia vida. "

"Las identidades que reivindican unas raíces invitan a prácticas pasivas, en las cuales se sufre una identidad y se actúa en función de ella, al margen de su propia potencia de actuar. Por su parte, la territorialización de las prácticas quiere decir otra cosa muy distinta: en el fondo, se trata de intentar comprender y experimentar los vínculos que nos tejen punto con ello, en lugar de perder nuestra identidad nos convertimos en personas capaces de ordenar y de unificar lo diverso en singularidades dinámicas."

Desde estos territorios es desde donde pueden construirse luchas que no hay que entender solo como de resistencia frente a la injusticia, sino como vías para desarrollar la potencia colectiva.

"No basta con luchar contra un poder sino que hay que luchar siempre y al mismo tiempo por el desarrollo de la potencia.

(...)

Los contrapoderes no se desarrollan en función de un modelo preestablecido, según el cual las cosas deberían ser de cierta manera, sino a partir de las asimetrías locales y los problemas específicos que se identifican en el seno de cada situación concreta. Se trata de un deber hacer antes que de un deber ser.

(...)

Comprometerse en una época oscura supone privilegiar las prácticas mismas de contrapoder, las cuales al partir siempre de situaciones concretas poseen cada una su propia legitimidad objetiva, toda vez, claro está, que no se pretenda totalizar las luchas.

Ni reforma ni revolución, pero tampoco sociedad gestora de lo existente… más bien desarrollo infinito de la potencia."


¿Y cuál puede ser el motor de este compromiso? Pues parece ser que no la esperanza de cambio, sino la experimentación misma de la potencia colectiva que se va generando.

"Hemos cambiado de época y esta, debido a su tristeza objetiva, obliga a encontrar un tipo de justificación práctica que no sea la promesa de una sociedad mejor, es decir necesita otras fuentes de optimismo práctico. 

(...)

La creencia según la cual la esperanza constituye la condición para que una época encuentre potencia, alegría y compromiso es, a fin de cuentas, un error de razonamiento. Pues la alegría, la lucha y la acción no son el resultado de la esperanza y del optimismo, sino más bien al contrario: estas últimas constituyen la consecuencia, es decir el efecto de la alegría, de la lucha y.de la acción. El optimismo nace del hecho de encontrarse en el camino. Por eso ya hablemos de vida personal o de vida social, el sentimiento de optimismo emerge por añadidura, en el momento en que recuperamos la potencia de actuar, la comprensión y el conocimiento del mundo y de las situaciones, cuando contextualizamos y conocemos las causas, liberando así nuestra potencia de actuar. Solo entonces, una vez ocurrido lo anterior, es cuando interviene el "re-encantamiento" del mundo, pero no como un fin, sino como un producto de la propia acción, un efecto que surge de la ruptura de las barreras que nos separan del mundo, de los otros, de las situaciones y de sí mismo."


Este encuentro en el camino no es entre iguales, sino de quienes se reconocen, diferentes, singulares, parte de una multiplicidad que se busca tejiendo conexiones desde lo común. Y eso no es automático, genera conflicto, que es parte constituyente de cualquier organismo o colectivo que busca mantenerse en equilibrio, y que es importante diferenciar del enfrentamiento que anula la diversidad.

"El enfrentamiento implica una reducción de la multiplicidad a la dualidad de las fuerzas presentes, así como la transparencia de sus voluntades y de sus intenciones. Siempre "se sabe" muy bien lo que quieren aquellos que se enfrentan, ya se trate de dos ejércitos (cuyo objetivo es hacerse con un territorio) o de dos individuos (cuyo objetivo es obtener reparación por un daño sufrido, hacer reconocer un derecho...). Por el contrario, el conflicto parte siempre de la multiplicidad de los elementos en tensión, así como de su opacidad. "La más bella combinación proviene de los diferentes", decía Heráclito. En un conflicto, la existencia de diferentes puntos de vista es lo que mantiene unido al conjunto, al todo. No hay unidad sin conflictos (sin tensiones) subyacentes. Como es evidente, todo conflicto puede reducirse a un enfrentamiento (de hecho, en algunos momentos resulta necesario, o incluso inevitable), pero esta reducción no agota por entero la verdad del conflicto, en la medida en que supondría la destrucción de la multiplicidad que lo constituye."

Una perspectiva que abre miras, creo yo, y que hace eco con esto otro que encontré al final de otro libro, "Un monstruo llamado yo":

"Habitar vidas diferentes comienza por reconocer las tendencias individualizantes y polarizantes que han caracterizado al neoliberalismo. Implica articular valores estéticos, éticos y políticos, e incluso nuevas eróticas y aspiraciones colectivas, que desplacen la centralidad del yo comunidad de medida del mundo. Implica aprender a desatender las exigencias más tiránicas del yo para empezar a habitar la tensión constante del nosotros. Cuanto más crece el monstruo llamado yo, menos tiempo queda para esa criatura frágil y casi mítica llamada nosotros."