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lunes, 14 de enero de 2019

El derecho a la fraternidad

Hay determinadas relaciones que de primeras suenan impostadas, irreales, erróneas. Y es curioso ver como, cuando se profundiza un poco en las tensiones que hay entre los distintos polos de estas, aparecen más puntos de encuentro de los esperados, y al mismo tiempo la historia de cómo se ha ido construyendo y en función de qué intereses la imposibilidad de conjugar juntas ciertas cuestiones.

Es lo que pasa por ejemplo cuando se juntan derecho y fraternidad. De primeras, la sensación es que se trata de términos enfrentados. Pero no hay más que acompañar a Angel Puyol en el recorrido que hace desde la Grecia clásica hasta el la sociedad actual, pasando por la Revolución Francesa, para descubrir que no solo hay muchas conexiones posibles entre ambas cuestiones, sino que es prioritario recuperar la potencia revolucionaria que tienen si logramos articularlas. Acá van algunos fragmentos...

"El derecho a la fraternidad tiene dos significaciones mutuamente dependientes: una emancipadora y otra asistencial. En su sentido emancipador, la fraternidad es un ideal político cuyo fin es que todos los individuos, sin excep­ción, se liberen del poder, la autoridad, la tutela o cualquier tipo de subordinación o dependencia civil, social y económi­ca que puedan padecer. La fraternidad actúa como una metá­fora en la que los individuos o ciudadanos libres se tratan políticamente a sí mismos como hermanas y hermanos de una misma familia extendida que es la sociedad, de modo que ninguna desigualdad que pueda haber entre ellos, por natural o legítima que sea, llegue nunca a convertirse en un abuso de poder, en la sujeción del débil al poderoso. En su sentido asistencial, la fraternidad significa que los indivi­duos deben protegerse unos a otros de los males evitables de la existencia, garantizando el acceso de todos al disfrute de los bienes considerados básicos, como la educación, la salud, el trabajo, la cultura o la seguridad.

En la actualidad, podríamos pensar que la solidaridad es una buena sustituta de la fraternidad, ya que conservaría su genuino sentido político sin asumir el lastre religioso, sexista y emocional que suele acompañar a la idea tradicional de fraternidad. (...) Si bien es cierto que la idea de solidaridad acoge con facilidad el sentido asistencial de la fraternidad, plasmado en el Estado de bienestar, se desentiende por completo de su sentido emancipador, esto es, de la lucha contra las múltiples formas sociales de exclusión, sumisión, arbitrariedad, discriminación y humillación. Además, la fraternidad exige que los fraternos se traten entre sí como iguales, como iguales son las hermanas y her­manos de una misma familia, mientras que la solidaridad no se siente incómoda con relaciones asimétricas. Nos solidari­zamos con los pobres del tercer mundo, con los desplazados por las guerras y con las ballenas en extinción, pero no cues­tionamos la posición privilegiada o los mayores derechos de quienes ejercen la solidaridad. Esta ni supone ni impone, como su propia condición de posibilidad, la instauración de unas relaciones de respeto igualitario entre unos y otros. Tam­poco asegura el derecho de cada uno a beneficiarse de la pro­tección de todos, tal como vemos hoy día con la vergonzosa reducción de la solidaridad social a un concurso de méritos en que los perceptores de los subsidios sociales deben acreditar propósito de enmienda, buen comportamiento y hasta agra­decimiento para ser dignos de la ayuda que necesitan.

(...)

No se trata de saber si la fraternidad se puede decretar, sino si puede constituir un principio fundamental susceptible de inspirar al derecho o a la política, si puede dar lugar a ciertas traducciones jurídicas concretas vinculantes. En este sentido, lo que realmente importa al derecho es si la fraternidad es un principio capaz de motivar al legislador y de producir, como hacen los principios de libertad y de igualdad, las normas aplicables a la Sociedad y, por tanto, si funciona como un verdadero principio jurídico o un verdadero fundamento de derecho."



martes, 1 de mayo de 2018

¿Te atreves a ser más débil?


Una reseña de una charla de Judith Butler en la que apunta hacia una de las cuestiones que en mi opinión debemos atrevernos a afrontar. (Vía El Salto)

“No me ahorro incomodidades”, dijo nada más erigirse frente altar de su conferencia. Empezó concluyendo: “al final, es el Estado el que de forma violenta viene a decirnos quiénes son los violentos”. Para después descomponerlo todo y llevarnos a otro lugar. Marina Garcés, filósofa (de guerrillas) la había presentado con referencias obvias a lo que ha estado pasando en los últimos meses en Cataluña. Así que con los aforismos y la actualidad claras, descendió a los conceptos más básicos para que todas las que nos dábamos cita allí nos deconstruyéramos juntas para volver más sólidas.

Para entender la no-violencia, una teórica de las identidades tenía que empezar por preguntarse quiénes éramos nosotras. Las que estábamos allí una tarde de abril en el hall del CCCB. Somos humanas y “algo hay que nos une para estar todas allí” porque de lo contrario, no estaríamos, pero seguramente no podríamos considerarnos ni de la misma región, ciudad o Estado ni aunque lo fuéramos. Lo que estaba claro es que no éramos autosuficientes, porque esa teoría del hombre que lo es ya es, de por sí, ridícula y sexista.

Primer punto clave. Los hombres en islas que no necesitan a nadie ni a nada son un absurdo. La teoría que así los presenta “olvida que las personas no nacen adultas”. Nacen niñas y pasan de unas manos a otras, literalmente, hasta que aprenden a comer, caminar o hablar, cosa que tardan años en hacer. Esta reflexión tan a todas luces obvia no existe en el contrato social bajo el que nos relacionamos. Nuestras leyes y normas sociales se basan en ese modelo en el que somos seres individuales y adultos que no dependen unos de otros y nunca lo han hecho. Pero es esa dependencia la que nos hace iguales. Necesitar a los otros para ser quienes somos, porque igual que de pequeños necesitamos que nos alimenten y nos sujeten para estar de pie, de mayores necesitamos supermercados, fabricantes de cocinas, pavimentos y semáforos para lo mismo. ¿Quién puede entonces pensar que somos autosuficientes?

Si a estas alturas seguís el hilo, cosa que la misma Butler se preguntaba en la charla, ya estáis a punto de entender esta deriva. Siguiente punto clave. La única manera de sobrevivir es ser conscientes de la dependencia. La única manera de asegurar que vivamos en igualdad es aceptar la dependencia y hacernos aún más dependientes. Sólo si los gobiernos saben, pero sabiéndolo de verdad, que dependen unos de otros, pueden luchar contra el cambio climático, que es global. Si yo contamino en mi país, lo estoy haciendo en todo el mundo. Este agua contaminada llegará a todo el mundo. El aire que contamine otro país en la otra parte del mundo lo llegaremos a respirar aquí.

Tomar decisiones globales es difícil. Pero es hacia ahí hacia donde tenemos que avanzar. Y sólo hay una forma: aceptar la dependencia y con ella, la vulnerabilidad. Es difícil convencerse de que ser vulnerables es bueno cuando vivimos en un sistema capitalista que busca que seamos expertos en todo para no tener que pedir ayuda a nadie. Pero si lo que queremos es ser iguales y avanzar juntos, sólo puede ser aceptando que dependamos unos de otros por igual. Saber que necesitamos al otro y el otro a nosotros es la única manera de avanzar sin pisar cabezas, básicamente. Y esta es la verdadera clave de todo.

Se trata de depender de otros y de que otros dependan de nosotros. De lo contrario, estaríamos hablando de colonización. El problema no es ser vulnerables, es que alguien explota esa vulnerabilidad. Que el Estado nos abandone política y económicamente es la traducción de esa explotación. Y a la vez, lo que nos une a las personas de otras partes del mundo con las que no compartimos normas ni sistema legal, pero sí el abandono. Somos todas bastante igual de vulnerables, admitámoslo.

En ese abandono, en esa posibilidad de que aquello de lo que dependemos se comporte de forma no predicha, de una forma que no podemos controlar y nos haga daño es donde nace la agresión. Y la mejor manera de combatir esa violencia no es cuidándonos más, es dependiendo más, siendo más vulnerables. De la misma manera que lo más efectivo para luchar contra la violencia es la no violencia, la resistencia. Porque siendo vulnerables, defendiendo los cuidados, es como acabaremos con esa “masculinidad indiferente” que mata para defenderse. Le pondremos fin cuando todos aprendamos que matar al otro es matarnos a nosotros mismos, porque todos cuidamos de todos y dependemos de todos. Suena inocente pero, ¿no es ser sociales y apoyarnos unos en otros lo que nos diferencia del resto de animales? ¿No hay declaración más feminista que reconocer la interdependencia?

La dependencia limita la destrucción y potencia la ética, que es de lo que había venido a hablarnos Butler. Hay que repetirlo más porque, de momento, cargárselo todo es lo más normal del mundo. Quienes protestan son los vulnerables que se han aliado y constituyen la resistencia. Y al sentirse abandonados es cuando han entendido que la no violencia es la mejor manera de luchar contra la violencia. Resistirse es también un acto violento, porque se lucha casi siempre contra un poder legal y hace falta que ocurra la violencia para oponerse a ella. Para resistir, para oponerse sin violencia hay que cultivar el odio y aprender a transformarlo. A Butler le dijeron que esa afirmación era débil. Entonces, la T de su semblante serio cambió dando lugar a una sonrisa y contestó: “eso es lo que quiero, ser más débil”. Ahí es donde reside la fuerza. Y cuanto antes lo sepamos, mejor.

sábado, 7 de abril de 2018

Enseñándonos a mirar la luna

"¿Qué has aprendido hoy en el cole?". Hoy ya no escucho tanto esta frase a mi alrededor, por lo menos en mi círculo cercano, entre idas y venidas sobre cómo no encerrar la educación en una mera acumulación de conocimientos que poder inventariar. Pero sí que es una frase en la que me retumban ecos de otros tiempos y lugares, y que sigue latiendo en el fondo de la preocupación que todxs tenemos por nuestrxs hijxs, aunque nos cueste más enunciarla ahora. Pero ahí está la cuestión: ¿qué aprenden mis hijas en su escuela?¿qué me gustaría que aprendieran?¿qué hecho en falta?¿qué sueño de cara a su futuro?

Así que echo la vista atrás, pidiendo a la memoria que me dé pistas sobre los tesoros recopilados a lo largo de estos años. Y es un alivio descubrir cómo en este caminar, aún corto en el caso de mis hijas, medianamente amplio en el mío, se van acumulando momentos, encuentros y procesos que ofrecen indicaciones de por donde continuar.

En mi vida, un momento clave: el encuentro con las familias del Pozo del Huevo, marcadas por la pobreza y la dignidad a partes iguales, donde me descubrí privilegiado por el simple hecho de poder entrar y salir de allí cada semana tras hacer unas horas de voluntariado, frente al encierro de quienes allí vivían, atrapadxs en una realidad de la que por mucho que luchaban día a día, no había posibilidad de escapar: sin trabajo y sin vivienda adecuada, con el eterno cartel de "fracaso escolar" a cuestas, forzados a la dependencia porque las alternativas que encuentran para salir adelante se criminalizan, culpabilizados siempre de su situación. Como he escuchado muchas veces desde entonces a muchxs en situaciones parecidas: "es como darse contra un muro, como si lo tuvieras que tirar a cabezazos, y al final te rompes". Pero ese muro para mi no es tal, sino una puerta que puedo elegir cuando traspasar, y si es para entrar o para salir. Yo puedo decidir si ir o no ir, si quedarme o marchar. Y hace tiempo decidí que quería dejarla siempre abierta, para poder pasar tiempos dentro viendo cómo enfrentar lo que para ellxs es un muro.

Qué gusto poder recuperar también muchos momentos en los que mis hijas han ido pudiendo experimentar de manera más natural ese encuentro más allá de las barreras que fraccionan nuestra sociedad. Me emociona por ejemplo recordar la pequeña escuela infantil de Tetuán a la que fuimos durante 5 años, donde cada clase era un crisol diverso de gitanxs, payxs, latinxs y africanxs y cada 15 días se juntaba el cole entero para celebrar su riqueza y el gozo de aprender juntxs en torno a un proyecto común, desde lxs mxs peques a lxs mayores. Me emociona especialmente recordar a mis hijas jugando con sus amigxs sin diferenciar colores ni clases sociales, en contraste con los propios miedos con los que yo crecí, aterrado durante toda mi infancia por los prejuicios que descubría en mi mismo hacia el mundo gitano. Miedo que, por otro parte, aún me pesa, y eso que ahora tengo unxs cuantxs amigxs gitanxs. Pero aún hay encuentro en mí ese resquicio de rechazo a primera vista ante todo el que me conecte de nuevo con ese miedo infantil. Ojalá pudiera arrancarme ese automatismo, pero... ahí anda.

Qué gusto poder recordar los primeros años de mis hijas, cuando las calles de Madrid aún bullían en manifestaciones y creíamos que el cambio estaba cerca. Qué gusto que pudieran experimentar ese salir en común, esa fuerza de la lucha y la esperanza compartida.Qué gusto que pudieran cantar, gritar, dejarse invadir por ese grito "¡Si se puede!¡Sí se puede!". Eso quedará grabado, aunque no entendieran muy bien de que iba la cosa en concreto. Frente a las dificultades, cuando no haya salidas claras, ese recuerdo les empujará a buscar con otrxs, y a reafirmar que no hay nada imposible si nos unimos.

Eso no es poca cosa. Porque por todos lados nos bombardean para que nos encerremos con quienes son similares, con quienes nos son cercanos o compartimos determinadas visiones del mundo. Cada vez más encerradxs en burbujas aisladas dentro de las cuales creemos encontrar protección. Y cada vez más muros que dejan fuera a quiénes pueden poner estas burbujas en riesgo. Cada vez más soledad. Cada vez más aislamiento. Cada vez más impotencia. Porque para cambiar las cosas, para darle la vuelta a las realidades que duelen y generan sufrimiento, no hay otra manera que sumar, que sumarnos, que construir puentes, abrir puertas y mirarnos a los ojos. Eso mismo que yo tardé años en poder hacer mientras que para mis hijas fue un juego, muchos juegos. 

En una de esas manifestaciones, todavía con dos años y medio, mi hija de repente miró hacia el cielo y me dijo "Mira, papá.. ¡la luna!". Eso me enseñó ella ese día. Que estando juntxs tenemos que atrevernos a mirar la luna, por lejos que parezca.

Como hicieron por ejemplo en el colegio público Nuñez de Arenas, en Entrevías. Un cole que pasó de ser ejemplo de fracaso y abandono a poner en marcha una revolución desde lo cotidiano pero que apunta muy alto. Y todo porque entre algunas docentes y familias decidieron romper el guetto que se había consolidado, apostando y comprometiendo mucho en el camino. Pero mirando, desde la experiencia compartida, hacía ese horizonte que solo se puede conquistar en común. 

¿Qué es lo que quiero que mis hijas aprendan? A situarse en el mundo en el que viven, en la sociedad en la que estamos, desgraciadamente injusta y desigual. Pero no desde la resignación o la frustración. sino siendo capaces de identificar las oportunidades y herramientas que haya en cada momento para vincularse a otrxs, a lxs que se les parecen y a quienes son más diferentes, para buscarse las mañas con las que construir el "¡Sí se puede!". Y para ello no queda otra que implicarnos, día a día, en hacer posible que su colegio sea cada vez más diverso, dialogante, para todxs (y eso solo es posible dentro de la educación pública) y abierto a la creación colectiva. En ello quiero empeñarme, junto con otras madres y padres que también quieren apostar por ello. Y de eso seguro que aprenderan nuestrxs hijxs, no tanto en función de si tenemos éxito o fracasamos, sino de si somos capaces de seguir enseñándonos mutuamente para no perder de vista donde está la luna. 


viernes, 2 de junio de 2017

El clima y la historia, frente a la arrogancia ignorante

Justo hoy, tras el anuncio del inefable Trump sobre que el tema del clima no tiene importancia frente al ansia de dineros estadounidense, me llega este resumen (vía Clionauta) del texto "El clima y la historia", de Dipesh Chakrabarty, al que merece la pena asomarse:

La actual crisis planetaria, la del cambio climático o del calentamiento global, provoca diversas respuestas en individuos, grupos y gobiernos, respuestas que van desde la negación, el distanciamiento y la indiferencia hasta el espíritu de compromiso y los distintos tipos y grados de activismo. Estas respuestas saturan nuestro sentido de la actualidad. El best-seller de Alan Weisman, El mundo sin nosotros, sugiere un experimento mental como forma de vivir nuestro presente: “Supongamos que lo peor ha pasado. La extinción humana es un hecho consumado. (…) Imaginemos un mundo en el que de repente todos hemos desaparecido. (…) ¿Podríamos haber dejado alguna marca duradera en el universo, por débil que fuera? (…) ¿Es posible que, en lugar de un suspiro de alivio biológico, ese mundo sin nosotros nos echara de menos?” Me siento atraído por el experimento de Weisman porque es una muestra reveladora de cómo la crisis actual puede provocar un sentido del presente que desconecta el futuro del pasado, situando ese futuro más allá del alcance de la sensibilidad histórica. La disciplina de la historia existe a partir del supuesto de que nuestros pasado, presente y futuro están conectados por una cierta continuidad de la experiencia humana. Normalmente nos representamos el futuro con la ayuda de la misma facultad que nos permite imaginar el pasado. El experimento mental de Weisman ilustra la paradoja historicista que habita en los estados de ánimo actuales, los de ansiedad y preocupación por la finitud de la humanidad. Para compartir la experiencia de Weisman tenemos que insertarnos en un futuro “sin nosotros”, a fin de poder visualizarlo. Así, nuestras habituales prácticas históricas para visualizar el tiempo -el ejercicio de comprensión histórica que nos permite abordar el pasado y el futuro, tiempos inaccesibles personalmente- nos conducen a unas profundas contradicción y confusión. El experimento de Weisman indica hasta dónde llega la confusión que se desprende de nuestro sentido contemporáneo del presente, en la medida en que ese presente da lugar a preocupaciones acerca de nuestro futuro. Nuestro sentido histórico del presente, en la versión de Weisman, se ha convertido en profundamente destructivo por lo que se refiere a nuestro sentido general de la historia.

lunes, 15 de mayo de 2017

Caridad y humillación

No es la lectura más entretenida del mundo, pero el enfoque del libro "La sociedad decente", de  Avishai Margalit, es muy interesante: una sociedad decente, o una sociedad civilizada, es aquella cuyas instituciones no humillan a las personas sujetas a su autoridad, y cuyos ciudadanos no se humillan unos a otros. Lo que la filosofía política necesita urgentemente es una vía que nos permita vivir juntos sin humillaciones y con dignidad.

Desde que comencé mi compromiso en ATD Cuarto Mundo, siempre me ha impactado el peso de la vergüenza y la humillación que sienten quienes viven en condiciones de mayor pobreza y exclusión, así como la invisibilidad de esta dimensión para muchas de las personas e instituciones que se acercan en muchas ocasiones para ayudar. Por eso, pese a que es difícil de sostener en algunas circunstancias, mantenemos la importancia de no caer en el asistencialismo. Una opción que la lectura del siguiente texto que aparece al final de este libro me ayuda a comprender mejor:

"Desde la perspectiva del receptor, si las personas le dan caridad por motivos egoistas,  su propia disposición a aceptar la dádiva ya satisface al donante , por tanto, los receptores no tienen ninguna necesidad de sentir que deben algo a los donantes. Están obligados a dar las gracias, pero no a sentir agradecimiento. Sólo se esta obligado a sentir agradecimiento hacia aquellos donantes cuya motivación para dar es exclusivamente su preocupación por los necesitados. En realidad, los donantes no pueden pedir gratitud, puesto que no actúan con ánimo de recibirla, aunque por su parte los receptores están obligados a sentirla, puesto que se benefician de la generosidad de los donantes. Sentir agradecimiento cuando no se puede corresponder a la amabilidad, tiende a situar a las personas en una posición de inferioridad. Esta situación cambia si los donantes actúan por consideraciones egoístas, ya que, en este caso, lo único que deben los receptores a sus benefactores no es gratitud, sino palabras de agradecimiento.



Se podría pensar que las personas que están dispuestas a dar caridad por puro altruismo también lo estarían a hacer sus donaciones anónimamente. Ello liberaría a los receptores de la necesidad de expresar agradecimiento, aunque no resolvería el problema. El problema es el sentimiento degratitud, no las palabras de agradecimiento. Quienes reciben donaciones anónimas quedan eximidos de dar las gracias, pero no de sentir gratitud. El problema es admitir que están en una situación de inferioridad tal que les impide corresponder a la amabilidad que se ha tenido con ellos. Además, los donantes no necesitan que se les devuelva ningún favor por su dádiva. El principio de reciprocidad de dar y recibir está roto. Este principio está en el núcleo del problema de la caridad, un problema que ni siquiera se puede resolver mediante las donaciones anónimas"

miércoles, 5 de octubre de 2016

Individual y colectivo

Último pasea por el libro de Amaia Pérez Orozco, Subversión feminista de la economía. Aunque va a haber que releerlo de vez en cuando...

"Nos toca la tarea central de construir lo común. Esta idea la tomamos de Silvia L. Gil, quien afirma que existe «una brecha, una crisis, un malestar, una sensación informe y sin nombre concreto que señala que “esto no marcha”»(2011b: 309). La construcción de lo común podemos entenderla como un proceso en dos dimensiones. Lo común como punto de partida y lo común como punto de llegada; a dos niveles: una noción común sobre qué vida merece ser vivida y sobrecómo hacerla posible; y a dos bandas, elaborar propuestas inmediatas que den soluciones urgentes a la vez que permitan transformaciones radicales. Al hablar de lo común como punto de partida nos referimos a la urgencia por nombrar esa brecha, visibilizando las perversiones inherentes a esta Cosa escandalosa y a sus cantos de sirena del desarrollo, la producción, el Estado del bienestar, el empleo, etc., asunto al que hemos dedicado el anterior capítulo (por no decir el libro entero). Y lo común como punto de llegada porque necesitamos decidir hacia dónde queremos conducir el cambio insoslayable. No hablamos de tener un futuro cerrado, estático, diseñado hasta en sus menores detalles, sino de compartir un horizonte de tránsito o de utopía. El empecinamiento en preguntar por la alternativa (en singular y acompañada de manual de instrucciones) es una forma de bloquear la discusión democrática. Más absurdo aún es usar la inexistencia de esa alternativa de manual para defender lo presente, dado que tampoco lo que hay va a permanecer. Porque estamos cambiando, lo relevante es discutir colectivamente cuál es ese horizonte y cuáles son los criterios ético-políticos que pueden guiarnos hacia él, funcionando como una especie de travesaños con los que gobernar el tránsito dado; el lugar de llegada ha de estar por necesidad abierto a cambios, pero tampoco puede ser un camino a ciegas.

(...)

¿Todxs debemos tener derecho a todo? ¿A viajar en avión todo lo que queramos?, o ¿hay que controlar la huella de carbono que generamos? ¿Hasta dónde puedo defender mi derecho a tener tiempo libre para subcontratar a una empleada de hogar que cocine mis alimentos? ¿Hasta dónde mi derecho a la maternidad o paternidad comprando un vientre de alquiler? Discutir sobre las desesidades cuya satisfacción conforma el buen vivir está muy lejos de medir la vida en términos de felicidad individual. En cierto sentido, sí buscamos la felicidad y aquí hemos llegado tras haber intentado emanciparnos mediante el empleo.(...) La idea de felicidad debe ir acompañada de la idea de justicia para que pueda casar con la noción de buen vivir. Y la idea de justicia nos obliga a adentrarnos en la espinosísima cuestión de los límites y de la tensión entre el bienestar como experiencia individual encarnada y como vivencia alcanzable solo en colectivo.

(...)

La escasez es el argumento usado para imponernos sacrificios radicalmente desiguales y para legitimar los mecanismos de libre mercado como la forma más eficiente de gestionar los recursos. La trampa está en que esta idea de escasez va ligada a otro axioma: la insaciabilidad del consumidor, según el cual toda persona será más feliz cuanto más consuma, sin límite a esa felicidad posible. Esa insaciabilidad es la que genera escasez. Nunca hay suficiente si somos insaciables. Dichode otra forma: es una cierta comprensión de cuál es la vida que merece ser vivida, como aquella que nos permite un infinito incremento del consumo mercantil, la que genera una cierta idea de escasez. La noción hegemónica de bienestar es inalcanzable. Como promesa para no caer en la frustración, aparece el sueño del crecimiento ilimitado de la riqueza. Como hemos argumentado, esta noción de riqueza está tergiversada porque no guarda relación alguna con los procesos vitales, sinocon los circuitos de acumulación, y porque niega los límites físicos del planeta.Para sintetizar: se construye una doble noción de escasez y de riqueza artificiosa, que niega los límites que generan vínculos entre nosotrxs y otros seres vivos a la vez que conlleva una inexorable depredación ambiental.

(...)

Los límites están, son insoslayables, y por eso debemos explicitarlos. Ahora bien ¿qué hacemos con ellos? Aquí sugerimos dos cuestiones. Primero, proponemos establecer la pregunta sobre qué hace que la vida merezca ser vivida de manera que no se quede en el nivel personal. Es imprescindible repensar qué nos hace felices intentando transformar nuestros estilos de vida cómplices; podemos efectivamente ser más felices consumiendo menos o de otra forma. Pero esta pregunta personal tenemos que encuadrarla dentro de otra más amplia: definir cuáles son las desesidades que hacen que la vida sea vivible y de las que nos vamos a hacercolectivamente responsables, garantizando su satisfacción en forma de derechos; y al mismo tiempo, cuáles vamos a dejar al albur de cada quien, asegurando también colectivamente la existencia de ese margen de libertad. Podríamos enlazar aquí con la propuesta de Marisa Pérez Colina de entender el bien-estar en tanto objetivo social como la garantía común de recursos que permitan sacar adelante proyectos de vida digna, propios y autónomos.

(...)

La autosuficiencia es un sueño loco que muestra su tremenda fragilidad y su imposibilidad de materializarse salvo en circunstancias vitales muy puntuales (ser joven, tener plena salud, carecer de responsabilidades de cuidados o poder delegarlas) y siempre que el contexto mercantil sea favorable; en cuanto alguno de esos elementos quiebra, vemos que nos necesitamos unxs a otrxs. La interdependencia no hay que construirla: es en sí misma. (...) La interdependencia deriva de la precariedad de la vida, que solo puede resolverse en común. Reconocer la vulnerabilidad no es reconocer un mal, sino la potencia que encierra: la posibilidad de sentir que lo que les ocurre al resto nos ocurre también a nosotrxs. Nadie empieza y acaba en sí mismx, en un espacio totalmente definido y ajeno al de lxs otrxs o alplaneta. Somos, existimos y habitamos como parte de un conjunto vivo amplio al que afectamos y por el que somos afectadxs. La apuesta es cómo aprovechar esaposibilidad de visualizar o, más aún, comprender la idea misma de lo común. Visibilizar la interdependencia nos abre dos preguntas: cómo articularla de manera horizontal y cómo combinarla con la autonomía.

(...)

El individualismo solo subsiste si otros sujetos niegan su propia existencia y diluyen su ser en el ser ajeno. La crítica que hacemos desde la izquierda a la competitividad rara vez reconoce que, si todxs actuáramos bajo estos preceptos, no habría sociedad posible, porque nadie se haría cargo de sostener la vida en su conjunto. Si la contracara de la autosuficiencia es la dependencia, el reconocimiento de la interdependencia pasa por combinarla con niveles suficientes de autonomía, por garantizar espacios de libertad, el reconocimiento de la diversidad y la disponibilidad de recursos para desarrollar los proyectos de vida propios que mencionábamos anteriormente, para asegurar derechos y no privilegios mercantilizados. 

(...)

El que amplísimos segmentos sociales accedan a una vida vivible pasa por un aumento en su acceso a ciertos recursos, pero esto no tanto sobre la base de un incremento de la producción (es decir, de la extracción y transformación de recursos que genera residuos y gasta energía), como de una redistribución de lo que hay. Por otro, ajustarnos a un principio de austeridad. En los cálculos, hay que contar con los flujos materiales y energéticos realmente disponibles, sin soñar, una vez más, con mejoras tecnológicas que nos permitan escapar a los límites del planeta.

La responsabilidad de poner las condiciones de posibilidad de la vida debe ser colectiva y democráticamente repartida. Para ello, hay que des-privatizarla, sacarla de lo doméstico y ponerla en lo público. Hay que des-feminizarla, deconstruyendo las identidades sexuadas, acabando con la división sexual del trabajo y con un sistema de valoración heteropatriarcal que menosprecia la reproducción de la vida. Y hay que visibilizarla, constituyéndola como ámbito propio de la política y construyendo agencia política en y desde los procesos de sostenimiento del buen vivir. Queremos responsabilidad colectiva sobre la sostenibilidad de la vida en el sentido de que no esté remitida a la institución heteropatriarcal de los hogares ni asociada a la parte subalterna y feminizada de un mundo dividido en dos; responsabilidad colectiva en el sentido de que sea parte del común y del terreno de la política, que sea la prioridad y el eje vertebrador del sistema socioeconómico.

(...)

La confianza ha de cambiar de bando: no debemos desconfiar y tener miedo de intentar modos distintos, aunque fallen parcialmente. Bien al contrario, hay que confiar en que es posible organizar el mundo de otro modo, más sostenible y más justo; lo que debe darnos miedo es lo que hay ahora.

(...)

¿desde qué sujeto político se puede articular esta búsqueda y este debate sobre el buen vivir? Desde ciertos feminismos hemos propuesto dejar de confiar en un sujeto fuerte preexistente, marcado por una experiencia común de subordinación, y apostar por el logro de un nosotras (o, quizá, un nosotrxs) construido y situado. Si existen sujetos colectivos, serán el resultado de una difícil tarea: la exposición de los puntos convergentes de diferentes movimientos y sujetos sobre el trasfondo en el que se produce el enfrentamiento social. Este proceso dará lugar a un nosotras/nosotrxs que no sea una categoría evidente, sino una identidad común de llegada, creada sobre la base del reconocimiento de ese común de partida que no niega las diferencias y las desigualdades. En palabras de Rosi Braidotti, «la cuestión no es saber quiénes somos, sino más bien, por fin, en qué queremos convertirnos"




jueves, 31 de marzo de 2016

El trabajo a través de ojos de mujeres

 Una entrada aparecida hace ya tiempo en Una antropóloga en la luna que permite asomarse a algunas revisiones del mundo del trabajo y los cuidados desde una perspectiva feminista. Muy interesante.

La economía de las brujas: la economía del cuidado.

"La cadena de montaje empieza en la cocina, en el lavabo, en nuestros cuerpos." Silvia Federici, historiadora.

"La economía ya no es producir valor ni satisfacer necesidades. Economía es dinero y dinero es economía, no hay más." Amaia Perez Orozco, economista.

"Un Estado de bienestar que crea un modelo económico que ignora las dinámicas naturales y la equidad entre personas es engañoso." Yayo Herrero, antropóloga y educadora.

 

 

 Amaia Perez Orozco, economista.


"La economía, tal como la conocemos hoy, es una construcción social y no algo que haya existido siempre.

En lengua cañarí (Ecuador) las ideas de trabajo asalariado, por cuenta propia, empleo, etc. no existían. Las distintas formas de trabajo reconocidas eran: 
LLAMCAY, trabajo; 
MINCA, trabajo comunitario; 
AINI, trabajo colectivo familiar; 
RANTINPAC, trabajo solidario, de ayuda mutua; 
MITA, trabajo obligado, forzado por los españoles / por turnos en el incaico; y MAQUIMAÑACHII, trabajo de colaboración mutua, que se devuelve. 
No se encuentra traducción para palabras que hoy utilizamos diariamente como sueldo, salario, riqueza, oferta, privado, acumular, individuo, empleo. La palabra economía fue introduciéndose con la llegada de los españoles como MISA CANA (MISA mezquino, tacaño / CANA hacer el oficio ‐ futuro). 
“Tal vez por el proceso indiscriminado de la colonia, los indios vieron a la economía colonizadora como un sistema egoísta con el futuro” (Escobar, 2008).
Este es un primer motivo para preguntarnos qué es la economía. Nuestra forma de entender la economía surge en el siglo XVIII con la Revolución Industrial y el capitalismo, con los autores de lo que llamamos economía política clásica (Adam Smith, David Ricardo, John Stuart Mill, Karl Marx…). Y hay, al menos, un segundo motivo: la profunda molestia que sentimos las mujeres cuando se dice que hemos estado durante largos años inactivas. ¿Inactivas cómo?, ¿sin hacer nada?, ¿dependiendo de que otros nos dieran de comer?, ¿de brazos cruzados?
La economía ya no es producir valor ni satisfacer necesidades, sino que lo económico viene definido por los movimientos de dinero. Economía es dinero y dinero es economía, no hay más. Y trabajo es el que se paga, no hay otro. La economía va dejando de ser social, y cada vez es más técnica.
La crisis de los cuidados es un problema socioeconómico de primer orden que sólo puede percibirse en toda su magnitud si dejamos de centrar la visión en los mercados y lo monetizado y la situamos la sostenibilidad de la vida; es decir, si buscamos comprender “las formas en que cada sociedad resuelve sus problemas de sostenimiento de la vida humana” (Carrasco, 2001a: 12). 
La economía no es reductible a los mercados, sino que economía es mantener la vida, sea o no a través de las esferas monetizadas.
Necesidad de cuidados implica que es ésta una necesidad de todas las personas en todos los momentos del ciclo vital. Hoy se contempla el daño o la necesidad de cuidado como un hecho individual. El cuidador o cuidadora que sólo cuida, el dependiente, que sólo recibe cuidados. No se concibe que todos en toda relación somos a la vez cuidadores y objeto de cuidados, curadores y objeto de cura.”

Yayo Herrero, antropóloga y educadora.


"Un Estado de bienestar que crea un modelo económico que ignora las dinámicas naturales y la equidad entre personas es engañoso. El aire limpio, los trabajos relacionados con los cuidados de la vida humana y la reproducción social, la propia renovación generacional de la mano de obra, el trabajo de la fotosíntesis que realizan las plantas, o los servicios del regulación del clima que realiza la Naturaleza, siendo imprescindibles para el mantenimiento la vida, no suman en ningún lugar.
La actual crisis civilizatoria es también una crisis de la forma en que se percibe y valora la riqueza. Uno de los ejes centrales de cambio es asumir que vivimos en un mundo con límites. Límites en cuanto a la naturaleza y en cuanto al propio cuerpo humano vulnerable y finito. Aceptar la existencia de ambos límites es imprescindible para la consecución de una vida digna para todas las personas compatible con la sostenibilidad del planeta. 
El mercado se nos presenta como protagonista de la actividad humana, aunque su aportación a nuestra supervivencia es mucho menor que la que tiene el trabajo asociado a la reproducción social y de la naturaleza. Para ejemplificar esta desproporción, tanto la economía feminista como la ecológica usan la metáfora del iceberg. Flotando en la superficie visible está el mercado. Debajo, haciéndolo flotar, con un tamaño mucho mayor, el trabajo oculto de los hogares y la aportación de los ciclos naturales. 

Según Vandana Shiva, las sociedades humanas se mueven dentro del funcionamiento de tres esferas económicas: la economía de la naturaleza, la economía de la supervivencia y la economía de mercado. Ésta última ha crecido exponencialmente a costa de las otras dos, que no han hecho más que disminuir y deteriorarse. El problema es que ellas son la base de la última, pues conforman la economía de la vida."

Silvia Federici, historiadora.

"Nosotros decimos que la cadena de montaje empieza en la cocina, en el lavabo, en nuestros cuerpos. El capitalismo ha entendido esto, puesto que es el sistema de explotación que más que cualquier otro ha enfatizado la importancia del trabajo. Así que tiene muy claro que las mujeres son el sujeto productivo más importante, pero para mantener esta producción de la forma más barata posible, este trabajo se ha hecho invisible

La expulsión del campesinado de sus tierras, el proceso de colonización, el comienzo del tráfico de esclavos y la caza de brujas: todos estos fenómenos están conectados, y son parte de la acumulación capitalista, de la acumulación de la clase trabajadora, de la acumulación de fuerza de trabajo. 
En muchas sociedades, antes de los procesos de colonización, los hombres y las mujeres tenían tareas diferentes, y existía una división de las tareas. De este modo, las mujeres no dependían de los hombres, tenían acceso a sus propias cosechas y las utilizaban para auto subsistir si era necesario. Así que el hecho de hacer tareas diferentes no implica automáticamente grados de poder diferentes: la cuestión es qué valores están asociados a estas diferencias. Tal como yo lo veo, las diferencias no son el problema, el problema es la jerarquía. La jerarquía hace que las diferencias se vuelvan una fuente de discriminación, de devaluación y de subordinación.
Para nosotras, la idea de que el trabajo doméstico institucionaliza a la mujer en casa no era válida: es la falta de dinero, de autonomía, la que la mantiene encerrada en casa. Bajo el capitalismo, muchas de las diferencias que promueven las discriminaciones han sido organizadas a través del salario. El salario ha sido el instrumento con el cual se han construido las jerarquías. 
Quise estudiar la historia para tratar de comprenderlo, empezando por el siglo XIX y después más atrás, donde me encontré con la caza de brujas. La caza de brujas también constituye un intento feroz de destruir el poder que habían ejercido las mujeres sobre su capacidad reproductiva, que resulta demonizado.  
Sí, creo que sigue teniendo lugar una caza de brujas. En EE UU, durante los últimos 20 años, las políticas implementadas por los Estados constituyen un ataque económico muy directo sobre las mujeres. 
Todos estos recortes en sanidad y ámbitos reproductivos, como el cuidado de los niños y ancianos, tienen un fuerte impacto sobre las mujeres. Esta situación demanda mucho más trabajo no pagado que ahora las mujeres tienen que hacer. Al mismo tiempo, ha crecido toda una campaña ideológica que pretende controlar la vida de las mujeres, su sexualidad, su cuerpo, un esfuerzo mayor por controlar la capacidad reproductiva de las mujeres. En varios Estados se criminaliza a las mujeres si pueden “probar” que estando embarazadas han puesto en riesgo la vida del feto que están gestando. Y desde luego la cuestión del aborto es muy importante.
Tengo una amiga que volvió de Ghana hace poco y me explicó que, por la noche, en la televisión, hacen unos programas donde te enseñan cómo reconocer a una bruja. Hay un documental muy interesante que salió el año pasado, llamado The Witches of Gambaga, que habla sobre los campos de brujas que hay al norte de Ghana, donde viven mujeres que han tenido que dejar sus pueblos e ir a vivir allí, acusadas de ser brujas, porque sino las hubieran matado. Estos campos están financiados por el gobierno, y cuando han pasado unos años, en algunos casos, las dejan volver a sus pueblos, pero a otras muchas las matan. Pero no sólo es Ghana, es también Tanzania, Kenya; también en la India se mata a muchas mujeres acusadas de brujería."

martes, 2 de febrero de 2016

Multitud en pantunflas

No me puedo resistir a compartir este fragmento del libro de Beasley-Murray "Posthegemonía", que ofrece un análisis muy lúcido sobre la potencia constituyente y transformadora de la multitud... Si estamos dispuestos a entender qué es esto de la multitud:


"Si la multitud es común, también debe serlo en el sentido de que es democrática y cotidiana; “común y corriente”. (...) El análisis de Linebaugh y Rediker del “Atlántico revolucionario” de los siglos XVII y XVIII subraya igualmente la comunicación y la comunidad en nombre de lo que llaman un “comunismo plebeyo” decididamente opuesto a la esclavitud. Pero las personas que daban sermones o contrabandeaban panfletos, que propagaban rumores o cantaban canciones de rebelión, y que generalmente alimentaban la hoguera de la resistencia a lo largo del mundo del Atlántico, no eran los trabajadores intelectuales de su tiempo, sino predicadores y camareros, los “marineros, pilotos, criminales, amantes, traductores, músicos, trabajadores ambulantes de cualquier tipo [que] producían conexiones inesperadas, en apariencia accidentales, contingentes, transitorias, incluso milagrosas”. Esta era la “pintoresca banda”, compuesta en sí misma de “tripulaciones y bandas diversas que poseían movilidad propia, a menudo independientes de un liderazgo verticalista”, que formaban la “turba urbana y la multitud revolucionaria”. Se trata de la multitud, como una hidra de múltiples cabezas, una colección móvil y variada de hombres y mujeres comunes que luchan en común en protestas comunes y por deseos comunes. No hay nada excepcional acerca de lo común; no es un paraíso antes de la caída ni el resto extraño de una plenitud perdida. Se trata meramente de una cuestión de hábito: “El hábito es lo común en la práctica”, como afirman Hardt y Negri; “los hábitos son prácticas vivas, el sitio de creación e innovación”. En este sentido, tampoco hay nada especial en la multitud, o en el poder constituyente. El poder constituyente no está confinado exclusivamente a momentos excepcionales de ruptura entre constituciones; más bien, estamos siempre en el medio, en un momento de excepción o interregno eterno. La multitud está por todas partes, desbordándose en cualquier lugar y cada vez que miramos alrededor. La multitud es común y corriente. 

Lo común está “animado por el amor”, afirma Negri: “El amor es la praxis constitutiva de lo común”; es el “deseo de lo común”. El amor, definido por Spinoza como “la alegría, acompañada por la idea de una causa exterior”, proporciona el ímpetu para maximizar los buenos encuentros. Ver al poder constituyente en estos términos puede parece extraño, tal como lo reconoce Hardt, pero reconoce que a él y a Negri “les gustaría hacer del amor un concepto propiamente político”. El “tiempo revolucionario” del poder constituyente es “el tiempo del amor”. Ni sentimental ni nostálgico, el amor que Hardt y Negri celebran es promiscuo y polivalente; es “el último signo de exposición” al otro, a una otredad impredecible y probablemente hostil. El amor es el deseo de encontrar otros cuerpos, de desenvolverlos y crear nuevos cuerpos con ellos, de constituir la multitud. Es “el cemento ético de la vida colectiva”. El amor es lo que mantiene las conexiones unidas; es lo que transforma el reconocimiento habitual de la comunidad en un proyecto activo de resistencia y constitución. El amor es, sostiene Negri, “el poder ontológico que produce el ser”. El amor, parece estar diciendo, hacer girar al mundo."
 

lunes, 11 de enero de 2016

Atrapad@s en la escalera

Genial la reflexión de Freinet compartida en su blog por Rafa Cofiño:

"Vais a buscar muy lejos los elementos básicos de vuestra pedagogía. Son necesarias consideraciones intelectuales y vocablos herméticos cuyo secreto poseen solamente los universitarios. Es tradicional referirse a Rabelais, Montaigne y J.J. Rousseau, para hablar sólo de los pensadores cuya reputación es, desde hace tiempo, inatacable.
Pero, ¿estáis seguros de que la mayoría de estas ideas que los intelectuales creen haber descubierto no corren ya por el pueblo desde siempre y de que el error escolástico no es el que las ha minimizado y deformado en su esencia para monopolizarlas y esclavizarlas?"
"El pedagogo había preparado sus métodos minuciosamente; había establecido científicamente, decía, la escalera que debía permitir el acceso a los diversos estadios del conocimiento; había medido experimentalmente la altura de los peldaños para adaptarla a las posibilidades normales de las piernas infantiles; había colocado, aquí y allá, un descansillo cómodo para tomar aliento, y la barandilla solícita sujetaba a los principiantes.
El pedagogo se irritaba no con la escalera, concebida y construida científicamente, sino con los niños que parecían insensibles a su solicitud.
Se irritaba porque todo sucedía normalmente cuando él estaba presente vigilando el ascenso metódico de la escalera, peldaño a peldaño, respirando en los descansillos y agarrados a la barandilla. Pero si se ausentaba un momento, ¡qué desastre y qué desorden! Solamente seguían subiendo metódicamente, peldaño a peldaño, agarrándose a la barandilla y respirando en los descansillos los individuos a los que la escuela había marcado suficientemente con su autoridad, como aquellos perros de pastor a los que la vida ha educado para seguir pasivamente a su dueño y que se han resignado a no obedecer ya más a su naturaleza de perros franqueando senderos y malezas.
La pandilla de niños se entregaba a sus instintos y hallaba de nuevo sus necesidades; uno subía la escalera a gatas; otro tomaba impulso y trepaba por los peldaños de dos en dos, saltándose los descansillos; incluso había quienes intentaban subir de espaldas, y, a fe mía, adquirían en ello cierta maestría. Pero, sobre todo, increíble paradoja, estaban aquellos –y eran la mayoría- para los que la escalera estaba demasiado falta de atractivos y aventuras, y que, rodeando la casa, agarrándose a los canalones, franqueando las balaustradas, llegaban arriba en un tiempo récord, mucho mejor y más rápido que por la escalera llamada metódica, y, una vez arriba, bajaban por la barandilla como por un tobogán... para volver a empezar esta ascensión apasionante.
El pedagogo persigue a los individuos que se obstinan en no subir por las vías que él considera normales. ¿Se ha preguntado si, por azar, su ciencia de la escalera no será una falsa ciencia, y si no habrá otras vías más rápidas y más saludables, que procedan por saltos y por zancadas; si no habrá, según la imagen de Víctor Hugo, una pedagogía de las águilas que no suben por la escalera?"

lunes, 14 de diciembre de 2015

Política desde abajo

Ahora que andamos en tiempos electorales, los discursos van y vienen, peleando por conectar a unas y otros, invistiéndose de legitimidades que nadie sabe justificar realmente. "Pueblo", "Nación", "Ciudadanía", y así mil y un agrupamientos y representaciones. El ultimo palabro incorporado es el de "gente corriente", que se opone a la "casta" o las "élites" que se denuncian apalancadas en los grandes sillones. Término confuso este de "gente corriente". Porque podría parecer que quien se presenta bajo este título es cualquier vecino de un barrio popular, pero no es así. Al final la lógica de selección de los mejores, entendiendo por mejores a aquellos que tienen más éxito en su campo, ya sea profesional o académico, se acaba imponiendo. Con lo cual, pese a las diferencias ideológicas y de posicionamientos de unos y otras, hay algo que tienen en común: quienes están ahí, como protagonistas del espectaculo pre-electoral, son todos miembros de las élites, bien sean políticas, financieras, profesionales o intelectuales.

¿Y donde queda entonces la "gente común"? Pues mucho más abajo e invisibilizada de lo que nos suponemos. Partiendo que muchas veces cuando se nos habla de "normalidad" en los medios muchas veces se asume como tal algo que no lo es tanto, como por ejemplo al dar por supuesto que la mayor parte de la población española es universitaria (esa juventud tan bien preparada), cuando 6 de cada 10 jóvenes no tienen estudios superiores, y más del 40% de la población mayor de 25 años no ha llegado al segundo ciclo de secundaria.

¿Qué pasa con esta realidad olvidada? ¿Quiénes se ven situados en la parte más baja de la escala socioeconómica o educativa no pueden actuar en política? Porque que yo sepa no hay nadie que desde esta posición social, hoy en dia, esté al frente de ninguno de las apuestas políticas que se presentan a las elecciones.

Esto me parece especialmente importante tras la lectura de "Los dominados y el arte de la resistencia", de James C. Scott. Un libro fundamental para dar luz a una realidad que no por oculta e invisibilizada va a dejar de existir. El autor plantea que quienes están en posición de subordinación en todas las sociedades manejan un doble lenguaje: por un lado muestran docilidad o adaptación al discurso público adecuado a cada tiempo y espacio, pero por otro, cuando están ya apartados de la exposición a quienes pueden ejercer poder sobre ellos, manejan un discurso oculto en el que aparecen otros elementos muy diferentes, y en concreto el germen de la transformación social, ya que ahí, fuera de peligro, se pueden compartir tanto la frustración como los anhelos de cambio.

Los ejemplo que escoje el Scott para abordar su estudio pueden parecernos lejanos, ya que se refieren a la esclavitud o el campesinado en situaciones de una dominación muy evidente. Pero al leerlo me venían a la memoria muchos ejemplos de como se transforma el discurso de quienes van a Servicios Sociales  pidiendo una ayuda cuando están frente a la trabajadora social ("el que no llora no mama, la única manera de conseguir cosas es dando mucha pena") y cuando luego comparten, fuera de ese foco, su rabia por sentirse tratados  como si fueran parásitos e incapaces, controlados en todo momento como posibles criminales o estafadores. Y de ahí brotan muchas propuestas de cambio, y bien atinadas, pues están enraizadas en una experiencia que viene de largo en muchas ocasiones.

Cada vez que se plantea reformar cualquier dimensión del llamado "estado del bienestar", que ya trae tantas limitaciones de serie, me frustra ver como en el diseño de las transformaciones propuestas sólo participan técnicos y profesionales, gente bien formada, sí, pero... que desconoce todo ese discurso y saber oculto que tienen quienes están siempre enfrentados al riesgo de quedarse fuera de todas las oportunidades, sin más opción que la lucha cotidiana por la supervivencia. Es peligroso, pues este desconocimiento de la realidad puede llevar a promover cambios que, pese a la buena voluntad, terminen siendo perjudiciales para quiénes están en situación de mayor exclusión y vulnerabilidad.

Por eso, la próxima vez que escuchemos a algún candidato plantear cambios y transformaciones "por el bien de la ciudadanía / pueblo / nación / gente corriente", pensemos, ¿qué cambios reales pueden proponer esas élites que se nos ofrecen como salvadoras? Y, acto seguido, bajemos a la calle y vayamos a un encuentro sincero y honesto con quienes sueñan en lo oscuro, tejiendo cambios invisibles... que, en algunas ocasiones, pueden salir a la luz y alumbrar un comienzo de revolución.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Culturalismo vs Cultura de resistencia

Hace unos días escuchaba a Beatriz Aragón, médica de familia que desde hace años anda metida en el Equipo de Intervención con Población Excluida en Cañada Real, citar a un autor que también ella mucho antes me descubrió, Didier Fassin, con una cita muy interesante sobre lo que se puede ocultar y distorsionar mediante el culturalismo, al atribuir las diferencias que encontramos con otros colectivos al ámbito cultural. Entre lo que encuentro anotado en mi cuaderno está esto:
  1. El culturalismo niega al otro la universalidad de sus aspiraciones, al encerrarlas en algo propio de una cultura, sin reconocer que pueden ser válidas más allá de ésta o tener puntos de conexión con las de otros colectivos. Por ejemplo, al quejarnos de que las familias gitanas acudan en pleno a acompañar a l@s suy@s cuando alguien está en el hospital. ¿De verdad es tan extraño que se no se quiera dejar a alguien solo en una situación difícil?
  2. El culturalismo niega al otro su derecho a la diferencia, ya que al mostrarla es enseguida apartado o encorsetado en un grupo aparte, extraño, separado. De ahí nuestro empeño en "integrar", en que renieguen de lo que rechazamos de su cultura y acepten lo que desde el otro lado consideramos como "básico".
  3. El culturalismo niega al otro el reconocimiento de su capacidad de razonar, de su inteligencia. Sus comportamientos terminan rodeados de un halo de misterio, como si obedecieran a motivaciones mágicas, esotéricas o aleatorias. Pero para todo hay una razón. El que no lleguemos a comprenderla no hace que ésta desaparezca.
  4. El culturalismo borra otros factores sociopolíticos que son parte importante de la realidad: la pobreza, la desigualdad, los conflictos de poder... Volviendo al ejemplo de las familias gitanas, más allá de sus pautas culturales en su forma de ser y estar inciden y mucho su situación económica, su nivel de formación, su experiencia de rechazo, etc.
Está claro, por lo menos para mí, que esta idea de encerrar la diferencia y la desigualdad en una visión meramente "cultural" del tema es tremendamente peligroso. Porque además se apoya fundamentalmente en un análisis de carencias y déficits. Pero esto no es más que una visión muy sesgada del asunto.

Porque entre quienes viven en pobreza y exclusión hay también otro tipo de cultura que va más allá de lo étnico y/o racial. Existe una cultura de resistencia frente a la precariedad constante que permite que personas y familias de orígenes muy diferentes se reconozcan como parte del mismo colectivo. Igual que se ha hablado siempre de una "cultura obrera", existe también una "cultura de resistencia a la pobreza" entre quienes la sufren. Porque, pese a la imagen que suele dar de ést@s, sólo quienes están ya muy rot@s se rinden. Frente a la violencia de la miseria, hay una lucha constante por sobrevivir, por mantener la dignidad, por cuidar a l@s tuy@s, por sostener pese a todas las dificultades la esperanza. Y esta experiencia de lucha va construyendo un conocimiento propio y una práctica efectiva, y se intercambia y sostiene en redes que pese a que sean invisibles para quienes no viven en esas condiciones no por ello dejan de existir. Esta cultura de resistencia tiene sus propios valores y totems, aunque muchas veces se oculten por la experiencia previa de incomprensión y adoctrinamiento por parte de quienes quieren marcar las pautas de comportamiento social.

El otro día, una mujer de mi barrio me contaba: "Si te rindes un momento, si bajas la guardia y no luchas, ya no puedes luego levantarte. Tienes que estar de un lado a otro, haciendo papeles para pedir ayudas, viendo a ver qué facturas puedes pagar este mes y cuáles no, peleándote con todo el mundo. Son tantas las dificultades y tan constantes que no puedes dejar de luchar en ningún momento. Si no, estás perdida".

Esto marca, a ella y a otras muchas personas. Por eso, cuando se encuentran  y se miran a los ojos, se reconocen como parte del mismo pueblo: el pueblo que resiste, que reniega del sufrimiento al que la sociedad les condena, que busca construir una manera de estar en el mundo que permita que tod@s nos reconozcamos como iguales en dignidad y derechos a pesar de nuestras diferencias.

lunes, 9 de noviembre de 2015

domingo, 18 de octubre de 2015

Tu profe

¿Sabes, Sara?

Un día tras otro, las sonrisas y juegos se suceden en el cole, como una dulce rutina. Los días pasan, uno tras otro, abiertos al futuro lleno de sueños y colores que tienes ante ti. Pero ese futuro, ese horizonte, espera tu caminar construido gracias a mil experiencias, encuentros y aprendizajes.

Hoy queremos recordar algunos de ellos contigo. En la escuela infantil distes muchos de estos primeros pasos, apoyada por unas y otros. Ahí empezaste a experimentar lo que es la amistad, el encuentro con otras niñas y niños como tú, acompañadas por las profes que has tenido en todos esto años. Pero, ¿sabes qué, Sara? Que, aunque siempre hemos sabido que has estado en buenas manos, hubo una profe que para nosotros, y sabemos que para ti también, fue muy especial.

Siempre la recordamos con esa sonrisa y esos brazos bien abiertos para acogeros por la mañana, celebrando desde el principio lo especial que era cada día. Y es que en verdad lo era, ya que conseguía transformarlo en un baile al ritmo de la música que os unía como grupo y os lanzaba a descubrir, experimentar y apasionaros con lo que eráis capaces de crear juntos. Aprender jugando, jugar aprendiendo. Esa era la clave. Y así, viajasteis al mundo de la mayúsculas y las minúsculas, a Europa y sus monumentos, emulasteis a los mejores pintores sin ningún complejo y transformasteis la clase en un mundo mágico en el que la sonrisa y la sorpresa siempre iban de la mano.

Pero no todo era fácil. Los problemas aparecían, como en todos los lugares, ya que cada persona somos de nuestro padre y de nuestra madre. Sin embargo, ella siempre se preocupó por acompañaros de manera muy personal, consciente de las capacidades y bloqueos de cada uno, viendo cómo poder apoyar y animar el paso sin dejar a ningún niño ni niña de lado. Y eso no es fácil. Por eso es de las cosas que más recordamos y valoramos de ella. Contigo lo hizo, día a día, y también con tus demás compañeros y compañeras.

Y es que era realmente emocionante escuchar cómo se despedía, en la fiesta de fin de curso, de los que ya se "graduaban": "mi niño", "mi niña", iba diciendo mientras les daba un gran abrazo. Nos hubiera gustado poder vivir ese momento con ella en tu despedida de la escuela infantil, pero no ha podido ser. No ha podido ser porque en el sistema de oposiciones sin fin en el que estamos inmersos termina puntuando más el ceñirse a la norma marcada que inventar nuevos caminos. Ella estaba convencida de la necesidad de unir pasión, imaginación y aprendizaje. Pero sus examinadoras la pedían que siguiera el guión establecido. Una pena que por querer ser coherente se la penalizara, y con ella a los padres y madres a los que nos encantaría que hubiera seguido con nuestr@s hij@s. Pero al mismo tiempo nos alegraría mucho saber que sigue siendo fiel a si misma.

De todas maneras, nos ha quedado siempre claro que tú has sido una más de "sus niñas". Y que ella ha sido, y siempre lo será, "tu profe". No sabemos muy bien cuándo estarás leyendo estas líneas. Ni si cuando lo hagas habremos vuelto a ver a Paloma, "tu profe". Ojalá. Por eso, al menos, queremos hacerla llegar copia de este mensaje, como quien echa una botella al mar. Aunque no hayamos naufragado, sin ella nos sentimos un poco más solos, sí...

Un abrazo fuerte,


               
                   
                            María y Dani

jueves, 1 de octubre de 2015

Hagamos de nuevo

Algunos fragmentos más del análisis de Bifo en "Generación Post-Alfa", para ver como poder construir en positivo dentro del marasmo de cambios vitales y antropológicos en el que vivimos:

"Hoy podemos decir que el trabajo creativo mediante la alta tecnología se ha convertido en el factor decisivo del proceso de producción globalizado. Con esto no quiero decir, por supuesto, que otras formas de prestación laboral (trabajo industrial o precario de tipo tradicional) hayan desaparecido, ni que sean cuantitativamente irrelevantes. Sólo quiero decir que el sector con la tasa más alta de productividad, el sector más dinámico y el que funciona como elemento de transformación tendencial, es aquel que podemos definir como trabajo creativo mediante la alta tecnología (o también trabajo en red o trabajo de recombinación o, también, infoproducción).

Para que sea posible que broten elementos de subjetividad conscientes, para darle arranque a un proceso de autoorganización en este sector del trabajo productivo, no sirve de nada retomar las ideologías del comunismo del siglo XX, ni tampoco resulta particularmente útil invocar al antagonismo. Porque la mayor parte del deseo social va precisamente en la misma dirección que el ciclo productivo en red, hacia la participación en el juego que constituye la mente global, y no hacia el antagonismo que ya no sirve y ya no produce ninguna perspectiva de alternativas ni de autonomía a largo plazo. El movimiento global que se ha extendido tras la revuelta de Seattle no es un movimiento antagonista. Es un movimiento de autoorganización. Su función y su vocación no son abatir el capital. ¿Cómo se puede abatir un modelo, una regla, una relación, una forma reptante, proliferante y difusa? La premisa dialéctica del abatimiento (o abolición) ya no significa nada en la época de la penetración. El movimiento global, sin embargo, tiene como vocación y como objetivo hacer posible una autoorganización de las fuerzas productivas que el capital domina y organiza según sus reglas y su código.


(...)

La tarea estratégica del activismo mediático es mantener activas, durante la mutación posthumana, las capacidades cognitivas, creativas éticas y estéticas cuya supervivencia está amenazada por las formas que dicha mutación impone al organismo biosocial.

No se trata de mantener con vida al ser humano pretecnológico, sino de traspasar a Anthropos 2.0 la empatía, la solidaridad, la colaboración no competitiva, la creatividad y, sobre todo, la sensualidad. La tarea estratégica del activismo mediático es salvar la capacidad sensible planetaria de la glaciación de los automatismos tecnolingüísticos y de la congestión de los automatismos psicótico-identitarios."

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Somos nuevos

Aunque en ocasiones irregular y bajo mi punto de vista demasiado catastrofista, al análisis de Bifo sobre la nueva antropología, formas de conocimiento y comunicación de las nuevas generaciones, recogido en "Generación Post-Alfa", merece una mirada en profundidad. Algunos extractos:

"En apariencia, esta sociedad garantiza el máximo de libertad a sus componentes. Cada uno puede hacer lo que le parece. No hay ya imposición de normas. No se pretende ya disciplinar los comportamientos individuales ni los itinerarios colectivos. Pero el control está inserto en el dispositivo del cerebro humano, en los dispositivos que hacen posibles las relaciones, el lenguaje, la comunicación, el intercambio. El control está en todas partes, no está políticamente centralizado. El movimiento del 77 percibe este campo problemático, y no es casual que precisamente en esos años se empiece a dibujar con claridad el paso del pensamiento estructuralista al postestructuralista, si podemos llamar así al pensamiento rizomático y proliferante que tiene su expresión más significativa en El anti-Edipo de Deleuze y Guattari. El movimiento del 77 no quiere estar obsesionado con la centralidad política del estado, del partido, de la ideología. Prefiere dispersar su atención, su acción transformadora, su comunicación por territorios mucho más deshilachados: las formas de convivencia, las drogas, la sexualidad, el rechazo del trabajo, la experimentación de formas de trabajo con motivación ética, la creatividad.

(...)

El trabajo digitalizado manipula signos absolutamente abstractos, pero su funcionamiento recombinante es cada vez más específico, cada vez más personalizado y por lo tanto cada vez menos intercambiable. Por eso los empleados high tech (que crean o utilizan alta tecnología) tienden a considerar al trabajo como la parte más esencial de su vida, la más singular y personalizada.

Exactamente lo contrario de lo que le sucedía al obrero industrial, para quien las ocho horas de prestación asalariada eran una especie de muerte temporaria de la que se despertaba sólo cuando sonaba la sirena del fin de la jornada. Esto vuelve al trabajador cognitivo enormemente más frágil. El semiocapital ha puesto el alma a trabajar.


(...)

En las últimas décadas la comunidad social urbana perdió progresivamente interés y quedó reducida a un envoltorio muerto de relaciones sin humanidad y sin placer. La sensualidad y la convivencia han sido progresivamente transformadas en mecanismos estandarizados, homologados y mercantilizados, y el placer singular del cuerpo fue sustituido por la necesidad ansiógena de identidad.

Parece que en las relaciones humanas, en la vida cotidiana y en la comunicación afectiva se encontrase menos placer y cada vez menos garantías. Una consecuencia de esta des-erotización de la vida cotidiana es la inversión de deseo en el trabajo, entendido como único lugar de confirmación narcisista para una individualidad habituada a concebir al otro según las reglas de la competencia, esto es, como un peligro, un empobrecimiento, una limitación más que como una experiencia placentera y enriquecedora.

Cuanto más tiempo dedicamos a la adquisición de medios para poder consumir, tanto menos nos queda para poder disfrutar del mundo disponible. Cuanto más invirtamos nuestras energías nerviosas en la adquisición de dinero, tanto menos podemos invertir en el goce. Es en relación a este problema, completamente ignorado por el discurso económico, que se juega la cuestión de la felicidad y de la infelicidad en la sociedad hiper-capitalista.

Para tener más poder económico (más dinero, más crédito) es necesario prestar cada vez más tiempo al trabajo socialmente homologado. Pero esto supone reducir el tiempo de goce, de experimentación, de vida.


La riqueza entendida como goce disminuye proporcionalmente al aumento de la riqueza como valor económico, por la simple razón de que el tiempo mental está destinado a acumular más que a gozar."



viernes, 18 de septiembre de 2015

La gran transformación

Llevaba tiempo queriendo asomarme a este libro, "La Gran Transformación", de Karl Polanyi, del que me habían llovido referencias de mil y un sitios. Y aunque la lectura no es fácil para alguien lego como yo en temas económicos, coincido con quienes me lo habían recomendado que es una lectura imprescindible, más en un momento como el actual. Porque aunque el libro está escrito a mediados del siglo pasado señalando el naufragio de la aventura liberal, la actualización de ésta a partir de los años 80 hace que su análisis sea de lo más actualizado y pertinente (casi más que en su momento, diría yo, porque el neoliberalismo ha llevado esta doctrina hasta límites que antes no se habían alcanzado). Y si no, echad un ojo a estos fragmentos que señalan los efectos del liberalismo "en su pura esencia":

"Para asombro de los espíritus reflexivos, una riqueza inaudita iba acompañada inseparablemente de una pobreza también insólita. Los eruditos proclamaban al unísono que se había descubierto una ciencia que no dejaba ninguna duda acerca de las leyes que gobernaban el mundo de los hombres. En nombre de la autoridad de estas leyes, desapareció de los corazones la compasión, y una determinación estoica a renunciar a la solidaridad humana, en nombre de la mayor felicidad del mayor número posible de hombres, adquirió el rango de una religión secular. 

El mecanismo del mercado se fortalecía y reclamaba a grandes voces la necesidad de alcanzar su culmen: era necesario que el trabajo de los hombres se convirtiese en una mercancía.

(...) 

Separar el trabajo de las otras actividades de la vida y someterlo a las leyes del mercado equivaldría a aniquilar todas las formas orgánicas de la existencia y a reemplazarlas por un tipo de organización diferente, atomizada e individual.

Este plan de destrucción se llevó a cabo mediante la aplicación del principio de la libertad de contrato. Es como si en un momento dado se decidiese en la práctica que las organizaciones no contractuales fundadas en el parentesco, la vecindad, el oficio o las creencias, debían ser liquidadas, puesto que exigían la sumisión del individuo y limitaban por tanto su libertad. Presentar este principio como una medida de no ingerencia, como sostenían comunmente los partidarios de la economía liberal, equivalía a expresar pura y llanamente un prejuicio enraizado en un tipo muy particular de ingerencia, a saber, la que destruye las relaciones no contractuales entre individuos y les impide organizarse espontáneamente.


(...)

En realidad, una calamidad social es, por supuesto, ante todo un fenómeno cultural y no un fenómeno económico que se pueda evaluar mediante cifras económicas o estadísticas demográficas.  (...) La causa de la degradación no es, pues, como muchas veces se supone, la explotación económica, sino la desintegración del entorno cultural de las víctimas. El proceso económico puede, por supuesto, servir de vehículo a la destrucción y, casi siempre, la inferioridad económica hará ceder al más débil, pero la causa directa de su derrota no es tanto de naturaleza económica cuanto causada por una herida mortal inflingida a las instituciones en las que se encarna su existencia social. El resultado es siempre el mismo, ya se trate de un pueblo o de una clase, se pierde todo amor propio y se destruyen los criterios morales hasta que el proceso desemboca en lo que se denomina el «conflicto cultural» o el cambio de posición de una clase en el seno de una sociedad determinada.

(...)

La enmienda de las leyes de pobres, aprobada en 1834, modificó la estratificación del país y determinados elementos fundamentales de la vida inglesa fueron reinterpretados siguiendo líneas radicalmente nuevas. La nueva ley de pobres abolió la categoría general de pobres, los «pobres» honrados o los «pobres laboriosos», términos despreciativos escupidos por Burke. Los antiguos pobres eran ahora clasificados en indigentes no aptos físicamente para el trabajo, cuyo destino eran las workhouses, y en trabajadores independientes que ganarían su vida trabajando por un salario. Apareció así sobre la escena social una nueva categoría de pobres totalmente nueva: los parados. Mientras que los indigentes debían de ser socorridos, por el bien de la humanidad, los parados no debían serlo por el bien de la industria. En este sentido, resultaba irrelevante que el trabajador en paro no fuese responsable de su situación. La cuestión no consistía en saber si el trabajador había conseguido trabajo o no, en el caso de que lo hubiese verdaderamente buscado, sino en que, a menos que el trabajador tuviese opción de elegir entre morir de hambre o ir a la aborrecida workhouse, el sistema de salarios se vendría abajo sumiendo así a la sociedad en la miseria y en el caos. Se reconocía que esto equivalía a penalizar a los inocentes. La perversión y la crueldad radicaban precisamente en emancipar al trabajador, con la explícita intención de convertir en una amenaza real la posibilidad de morir de hambre."