domingo, 26 de diciembre de 2021

¿El fin de la alegría?

Justo en estos días en los que andamos con las celebraciones navideñas puestas en jaque por la nueva ola pandémica, de manera que las mascarillas, distancias y aislamientos se imponen en el imaginario y en muchas prácticas a los abrazos, bailes y a los grandes encuentros que siempre se asociaron a estas fechas, termino de leer el libro de "Una historia de la alegría", de Barbara Ehrenreich. Este libro realiza un recorrido histórico de las celebraciones comunitarias expresadas a lo largo de los siglos en banquetes, disfraces y bailes, ayudando a reconocer lo que nos dicen estas experiencias sobre nuestra dimensión social y colectiva, pero también cómo han sido perseguidas a lo largo de la historia. Porque en muchas ocasiones se ha señalado el papel de estas celebraciones (como por ejemplo el carnaval, o los conciertos de rock en los años 60) como una válvula de escape que favorecía el "status quo", pero revisando la historia se puede ver cómo estas dinámicas han sido perseguidas por quienes ostentaban el poder en cuanto han visto que podían resultar una amenaza para su posición jerárquica. Y es que los rituales comunitarios de las poblaciones subordinadas refuerzan la unión entre estas y favorecen la puesta en cuestión del orden establecido, por ejemplo a través de la parodia de los gobernantes y la Iglesia en el contexto del carnaval. De hecho muchas revueltas se han asociado a momentos carnavalescos, de manera que en muchas ocasiones se ha tratado de prohibir el carnaval, y muchos de los movimientos reivindicativos más potentes se han apoyado en elementos de este tipo como dinamizadores.

Estos rituales comunitarios ahora nos parecen lejanos y extraños, y nos han enseñado a verlos como propios de "otros" con costumbres atrasadas o poco racionales. Enseguida lo asociamos a imágenes como las de las celebraciones religiosas de tipo extático, pero hay otros ejemplos quizás más cercanos para muchos como pueden ser los conciertos (el papel de la música en este tipo de experiencias es clave) o los partidos de fútbol (donde en muchos casos el público no se limita a ser espectador, sino que participa en el propio "ritual" vistiéndose, cantando, construyendo mensajes, etc.). Y es que cuando nos unimos a la multitud, la fuerza colectiva que la mueve puede llevarnos a lugares donde individualmente nunca llegaríamos, y desde un rol activo, participante, no de mero espectador. Por eso da tanto miedo, especialmente a quienes más tienen que perder con la unión de gentes diversas y anteriormente dispersas, de repente unidas en un actuar común con una potencialidad enorme. Y por eso también se dedican tantos esfuerzos a controlar y dispersar esos movimientos, en las últimas décadas principalmente potenciando dinámicas de consumo y espectacularización (en el sentido de volvernos meros espectadores) que nos resitúan contantemente como receptores de productos y contenidos.

Pero, sin embargo, a pesar de la represión, la capacidad de festejar colectivamente se ha ido manteniendo a lo largo de la historia, buscando nuevas formas y maneras. La capacidad para la alegría colectiva se muestra así codificada en nuestro interior casi tan profundamente como la capacidad de amor erótico. Es posible vivir sin ella, pero favoreciendo así el riesgo de la depresión solitaria. Y ahora, justamente, como uno de los principales efectos de estos tiempos pandémicos y de distanciamiento social (nos teníamos que separar físicamente, pero se decidió llamarlo "distancia social", algo que me sigue resultando incomprensible), nuestra salud mental se ha visto seriamente afectada, especialmente en los sectores más jóvenes, justamente a quienes por edad les correspondería experimentar encuentros, rituales y formas de construirse en común. En nombre del cuidado de la salud y del cuerpo, hemos inmovilizado este, haciendo más difícil su encuentro con otros, su puesta en juego a través del abrazo, del baile y la celebración común. Para salvarlo, lo hemos encerrado. Pero la historia de la alegría nos dice que esto no tiene porqué ser para siempre... ¿Cómo hacemos para no perder esta dimensión esencial de lo que somos? ¿Cómo generar nuevas vías que den paso a este movimiento de fondo para retomarnos en común, cuerpo a cuerpo, capaces de celebrar nuestra capacidad de transformar el mundo desde lo horizontal, desde el cara a cara, frente a jerarquías y estructuras de poder sostenidas sobre la explotación de tantas y tantos?

Pues no sé muy bien como... Pero me resulta muy sugerente el final del libro que comento. Sí, un poco de spoiler, pero... para ponernos a la tarea:

"Hace un par de años, en la soberbia playa de Copacabana, en Rio de Janeiro, donde las montañas caen en picado hasta el mar, mi compañero y yo oímos el sonido de unos tambores. Caminamos hacia el norte a lo largo de la playa, y nos cruzamos con un grupo de bailarines de samba, que avanzaban en filas de unas diez personas y ocupaban la longitud de casi una manzana. Alguien nos dijo que eran miembros de una escuela de samba y practicaban para el carnaval. El grupo estaba compuesto por personas de todas las edades, desde pequeños de cuatro o cinco años hasta octogenarios, hombres y mujeres, algunos soberbiamente vestidos y otros con la camiseta de tirantes y el pantalón corto que constituyen el uniforme de calle en Río. Para un misionero del siglo XIX, o incluso para un puritano religioso del siglo XXI, sus movimientos hubiesen parecido lujuriosos, o al menos insinuantes. Sin duda, el mero hecho de que una multitud de gente de piel tostada hubiese conquistado las calles ya habría sido sumamente turbador. Pero la escuela de samba se dirigió bailando a la arena con una dignidad perfecta, arropada en su propio ritmo, los rostros de los bailarines agotados y resplandecientes, como presos de una exaltación caso religiosa. Un joven delgado de piel café con leche que bailaba justo detrás de los músicos marcaba el ritmo. ¿Qué era en la vida real? ¿Un empleado de banco, un ayudante de camarero? Aquí, con su brillante atuendo de plumas, era un príncipe, una figura mitológica, quizás incluso un dios. Aquí, por un momento, no había divisiones entre personas, a excepción de las creadas por el propio carnaval. Cuando llegaron al paseo, los transeúntes empezaron a contagiarse del ritmo y, sin invitaciones ni declaraciones, sin vergüenza ni siquiera alcohol para disolver las coacciones habituales de la vida urbana, la escuela de samba se transformó en una multitud y la multitud se trans formó en un festival monumental. No había «objetivo» alguno en ello (ni matices religiosos, ni mensaje ideológico, ni dinero de por medio); sólo la ocasión, que necesitamos mucho mas a menudo en este planeta superpoblado, de reconocer el milagro de nuestra existencia simultánea con cierta clase de celebración."





miércoles, 20 de octubre de 2021

Múltiples pasos

¿De verdad es posible transformar la sociedad? A veces lanzamos esta pregunta desde el cansancio y la desesperanza de quienes queremos llegar lejos y rápido a los horizontes que bosquejamos, pero se nos olvida revisar los caminos que van haciendo al andar quienes viven más invisibilizados. Y en ese sentido me parece muy clarificadora la clasificación que hace Boaventura Santos en su último libro sobre las tres dimensiones en las que nos jugamos las posibilidades de transición a un nuevo modelo civilizatorio. Acá van:

Ruinas-semilla: son un presente ausente, a la vez memoria y alternativa de futuro. Representan todo lo que los grupos sociales subalternizados reconocen como conceptos, filosofías y practicas originales y auténticas que, a pesar de haber sido derrotados históricamente por el capital1smo, el colonialismo y el patriarcado modernos, permanecen vivos no solo en la memoria sino en los intersticios de la exclusión y discriminación cotidianas, y son fuente de dignidad y esperanza en un futuro postcapitalista y poscolonial.

Apropiaciones contrahegemónicas: son conceptos, filosofías y prácticas (derechos, democracia, Constitución) desarrollados por los grupos sociales dominantes para reproducir la dominación moderna, que los grupos sociales oprimdos se apropian, resignificándolos, refundándolos, subvirtiendolos, transformándolos creativa y selectivamente, a fin de convertirlos en instrumentos de lucha contra la dominación.

Zonas liberadas: son espacios que se organizan en base a principios y reglas radicalmente opuestos a los imperantes en las sociedades capitalistas, colonialistas y patriarcales. Las zonas liberadas son comunidades consensuales basadas en la participación de todos sus miembros. Tienen un carácter performativo, prefigurativo y educativo. Su objetivo es crear, aquí y ahora, un tipo de sociedad diferente, una sociedad libre de las formas de dominación que imperan en el presente. Cuando no son meros actos de diletantismo social, es decir, cuando son genuinos y conllevan riesgos y costes, estas zonas liberadas son modos efectivos de autoeducación que forman parte de una pedagogía liberadora.







miércoles, 13 de octubre de 2021

No te ven

Cada vez más lejos. Te han desahuciado 9 veces en los últimos 10 años. Nunca nadie te ofreció una alternativa, una vía de salida. Solo puertas cerradas y empujones que te lanzaban cada vez más lejos, a un aislamiento cada vez mayor.

Dicen que el problema es que no te mueves. Pero en estos años has recorrido muchos kilómetros buscando espacios abandonados en los que poder refugiar a los tuyos, desde los que poder seguir construyendo el cuidado cotidiano que os mantiene vivos pese a todo.

Pero las viviendas abandonas han sido clausuradas a cal y canto en la ciudad en la que vivías. Así que los últimos años los habéis pasado en pequeños pueblos, recuperando lugares cada vez en peores condiciones, y cada vez más lejos de donde estaba vuestra vida y del sostén que allí teníais. En ningún lado os volvieron a permitir empadronaros, ni acceder a servicios sociales, ni daros de alta en el centro de salud. Para cualquiera de estas gestiones teníais que recorrer los kilómetros de vuelta a vuestra antigua ciudad, cuando había vehículo y gasolina que lo permitiera.

Esto ha hecho que últimamente tus visitas al médico hayan sido principalmente a las urgencias del hospital, donde has ingresado cada pocos meses. Sin ninguna ayuda ni prestación social, no solo no tienes ingresos, sino que además no tienes la financiación de los medicamentos que viene de la mano de las rentas mínimas. Todos los recursos que anteriormente te permitieron cuidarte y cuidar de los tuyos se han ido esfumando, como si se hubieran quedado amarrados a las paredes de las casas de las que te han ido echando. 

Tu única esperanza era volver a pasar la valoración de discapacidad y poder acceder a una pensión al superar el 65% de minusvalía. Con tantos ingresos hospitalarios en los últimos años y el deterioro tan brutal de tu salud, parecía evidente. Pero no. También esa puerta se cierra. Pese al accidente de tráfico que sufriste de pequeña, y cuyas lesiones van a más con el paso de los años; pese al corazón, los pulmones y el riñón que fallan varias veces al año; pese a la diabetes que se dispara porque sin ingresos no puedes elegir lo que comes o lo que no, sino que tu dieta depende del azar o de la caridad ajena; pese a la depresión que arrastras alimentada por la impotencia y la angustia... Peso a todo eso te dicen que no estás tan mal. 

"¿Cómo es posible? ¿Es que no me ven como estoy?", preguntas. Quizás sea eso. Que no te ven. Para ver necesitan informes de especialistas médicos, traumatólogos, cardiólogos, nefrólogos... Y no, de eso no tienes. Porque a las citas de seguimiento que te dan cuando sales del hospital no es fácil acudir cuando se vive tan lejos y no se tienen medios económicos. Porque tu desesperación no ha sido sellada por un psiquiatra, ya que nadie te mandó a salud mental entre tantos problemas y urgencias. Incluso, como no has vuelto a ir a Servicios Sociales desde que te fuiste de la ciudad , ni tan siquiera has podido pedir un informe suyo que avale que estás en situación de sinhogarismo desde hace años, atrapada en la emergencia constante.

No te ven. No. Como sociedad, cada vez te hemos empujado más lejos, y por eso no te ven.

Ciegos están. Ciegos estamos.

Y, mientras tanto, tú sigues resistiendo, junto a los tuyos. Pese a todo. 

Esa proeza también deberíamos ser capaces de verla.





miércoles, 6 de octubre de 2021

¿Y si el miedo ya cambió de bando?

Por todos lados se habla del auge de la (extrema) derecha, de cómo van señalando los temas que marcan la agenda política, comiéndose el espacio mediático, frente a la cual parece que no llegamos a articular narrativas que de verdad movilicen, sobre todo a las gentes jóvenes que se deslumbran ante el barniz antisistema del que presumen.

Pero este ruido quizás no nos permite ver las cosas tal y como están pasando... ¿Y si esta fachada de rebeldía no es más que una reacción atemorizada ante marejadas de fondo que están alumbrando nuevas maneras de ser y estar, tanto individual como colectivamente, como el feminismo y la acción política diversa, múltiple y dispersa desde el respeto y reconocimiento de todas y todos? ¿Y si no son más que reacciones defensivas desde una coraza que se resquebraja a pasos agigantados? ¿Y si no hay que inventar nuevas narrativas, sino sostener las que desde siempre nos lanzaron a encontrarnos en un abrazo y que siguen haciendo eco?


Es difícil, la verdad, tomar pie en estos tiempos con tan pocas certezas y de tanta confrontación. Buscamos credos que nos den seguridad, pero muchos nos inmovilizan, nos secuestran, nos atan. Por eso me emociona tanto escuchar, una y mil veces, la invitación que hace Silvio: 

"Yo quiero hacer un congreso del unido
Yo quiero rezar a fondo un "hijo nuestro"
Dirán que paso de moda la locura
Dirán que la gente es mala y no merece
Mas, yo partiré soñando travesuras
Acaso multiplicar panes y peces"



Si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza... ¿qué cosa sería? No queda otra que seguir, desde donde estamos, haciendo posible el encuentro, el mirarnos cara a cara, el construir desde el abrazo que busca a quienes todavía faltan, pese a que a muchos les de pavor el horizonte hacia el que avanzamos.



lunes, 4 de octubre de 2021

Sola

 Sola. Estás sola. Sola con tu miedo, corriendo hacia ninguna parte, huyendo de un pasado que no quieres recordar pero que te atrapa a cada momento, a cada minuto. 

Asfixiada.

Agotada.

Rota.

Sola. Sola en casa, encerrada, porque cada vez que sales las miradas te golpean recordándote que estás fuera de órbita. Has llamado a muchas puertas pidiendo ayuda, pero ya no sabes quien hay detrás de ellas, ni siquiera puedes estar segura de que haya alguien. Entre quienes en vez de ayudarte has sentido que te hundían más y el baile de mano en mano de médicos y trabajadoras sociales que van cambiando de sitio, no has podido encontrar una mano que estrechar para sentirte segura. 

Hace poco apareció un médico diferente, que te miró a la cara, que sostuvo la mirada en vez de mantener el baile de mano en mano, de puerta en puerta. De repente, un espacio de reposo, de respiro. Pero no duró mucho. Al cabo de un tiempo, llamaste a la puerta de su consulta y ya no estaba. No había nadie. Había marchado, empujado por quien sabe quién a quien sabe dónde.

Sola. Está sola. Sola con tu miedo una vez más. Hoy salí de la consulta para ir a verte a tu casa, para entender mejor donde quedó atrapado tu sufrimiento. Ya me has dicho, cada vez que hemos hablado, que te has cansado de esperar un apoyo de nuestro lado, que "tu médico" se fue, arrastrando con su marcha el pequeño espacio de confianza y sostén que habíais empezado a construir. Y no te voy a engañar, no sé tampoco muy bien lo que te ofrezco. No puedo asegurar cuanto tiempo podré seguir estando al otro lado de la puerta, ni tampoco sé qué proponerte, tan cansada, tan rota como estás. Solo sé que estoy aquí. Y que la semana que viene volveremos a hablar, si tú quieres. Poco más.

Sola. Asfixiada. Rota. Pero en pie. Sigues en pie. Pese a todos los golpes, todas las lágrimas, todas las pesadillas, sigues en pie. Me hablas temblando, cogiendo aire a cada momento, como si pudiera ser el último. En pie. Aquí estás.

Y yo no sé en qué te puedo ayudar, la verdad. Lo único que sé es que, pese a todo, eres fuerte, más fuerte de lo que muchos jamás seremos. Pese a todo, pese a todos. No sé cómo, pero ojalá encuentre la manera de que te puedas mirar en este espejo en el que veo reflejada tu capacidad de resistir, de sostenerte por ti misma frente al abandono perpetuo. 

Pero no solo tú. Ojalá muchas más puedan asomarse y descubrirte, para desde ahí poder entrelazar las manos. 




miércoles, 9 de junio de 2021

Otro cantautor

 A veces encuentras una canción que te resuena, que te retumba, que te remueve... Pero lo raro es que a esa canción la siga otra que te siga hablando igual, y otra, y otra... 

Y así llego hasta el final del disco "Vulnerables" de Pedro Pastor. Y lo vuelvo a poner otra vez... Y otra, y otra, y otra...

Mil gracias por este compartir, por este ensanchar, por este bailar cantando.

















martes, 4 de mayo de 2021

En memoria

Dos años casi han pasado desde el último texto colgado en este espacio, que nació con vocación de compartir y enredar, y que perdió el sentido como tal ante la avalancha de inmediateces en la que me (nos) he(mos) visto arrastrado(s). Un rincón personal en el que recoger lo aprendido a hombros de pequeños y gigantas, en el que ensayar a tomar palabra y postura ante un público desconocido.

El silencio de este tiempo ha respondido así a no encontrar tiempo ni ganas, pero también a no querer aumentar el ruido y la prisa, tanto en lo individual como en lo colectivo. Un silencio que he tratado de utilizar para escuchar, leer y sentir otras voces y reflexiones.

Pero el ruido y la prisa van venciendo. Cada vez cuesta más parar, pensar, sentir más allá de la angustia inmediata del ahora constante. Cada vez más rápido. Cada vez más gritos...

Y pensaba hoy que quizás el silencio de estos días no se construya con ausencia de palabras, sino compartiendo una voz serena, recopilando las pequeñas historias que puedan servir de diques ante el torrente que nos empuja siempre más y más lejos, nombrando las violencias invisibilizadas que tantas y tantos sufren, silenciadas y ninguneadas, sumando para construir una memoria de paz compartida.

Construir memoria. Quizás eso es lo que realmente me empuja a retomar este espacio, ya no como altavoz, sino como habitación propia en la que ir rescatando retazos de vida. En estos últimos años en los que los adioses se han ido acumulando, la memoria compartida se ha convertido en refugio. Pero no un refugio de añoranzas del pasado, sino volcado al horizonte futuro, desde el cual poder retomar el paso cuando este se cansa.

Vivimos en tiempos turbulentos. Quien sabe qué es lo que nos deparará mañana, pasado, el otro... Quien sabe lo que vivirán nuestras hijas e hijos, angustia pensarlo. Por eso, cada mañana, cuando vuelva a ver levantarse de la cama a Sara y a Maia, quiero poder invitarlas a sentarnos juntas a compartir una palabra encarnada y un silencio esperanzado.

Pase lo que pase, seguimos en camino. Pase lo que pase, sembramos futuro.





sábado, 25 de mayo de 2019

Lo común nos une

Hace 4 años escribía, a cuenta de las elecciones municipales de entonces, que por primera vez iba a votar con ilusión y ganas. Ahora, de cara a estas que asoman ya el próximo domingo, creía llegar de manera muy distinta, con un voto a la contra, de tratar de salvar los muebles, sin esa esperanza de cambio que tenía entones. Y es que en estos 4 años muchas cosas han cambiado, la verdad, y el peso de las frustraciones parecía ser grande y explicar el estar ahora más a la defensiva que otra cosa.

Sin embargo, mirando más de cerca lo que ha pasado en este tiempo, me vuelve la sonrisa y la esperanza en estos días. Uno de los cambios que he vivido ha sido el pasar de vivir en la ciudad a hacerlo en un pueblo que, aunque cercano a esta, me ha permitido vivir y enredar de manera diferente y concreta mi cotidiano junto a otras personas con ganas de compartir. Otro, el haber podido participar en un proyecto de co-investigación y co-formación en salud comunitaria entre profesionales y personas en pobreza de Vallecas y Tetuán, puesto en marcha por el nuevo ayuntamiento madrileño. Y así podría seguir sumando encuentros, aprendizajes y redes que ayudan a sostener la vida, la mía y la tuya, la nuestra... La común, como dice este vídeo. Porque entre tantas propuestas que no hacen sino remarcar diferencias, buscar enfrentamientos y pelear fronteras, no queda otra que apostarlo todo a mirarnos a los ojos, reconociéndonos en lo que nos une, en lo que nos diferencia y en lo que podemos hacer conjuntamente si sumamos fuerzas, inteligencias y horizontes.



lunes, 28 de enero de 2019

Ahí estuvimos

Para que revisemos sobre la inclusión y cómo la hemos vivido y buscamos construirla. Por Guillem Martínez.

En aquel país, el agua, al crear un remolino en el desagüe de la bañera, giraba al sentido inverso del que era habitual para mí. Se le llama efecto Coriolis, creo. El resultado eran minutos de fascinación, viendo en el desagüe algo que no parecía lo de siempre, si bien lo era. En todo caso, llevábamos semanas sin ver una bañera o un desagüe. Estábamos, en ese momento, en un poblado pequeño en el que, por fin, había ocurrido algo aún más difícil de ver que el efecto Coriolis, y que llevábamos días buscando. La revolución. La trajo un hombre de mediana edad. Explicó a todo el mundo que ya la habían hecho en los pueblos circundantes. Consistía en no reconocer al Gobierno –un objeto tan lejano como un desagüe, por otra parte–, y en repartirse la tierra y el ganado. Hicieron todo eso en una lengua angulosa e incompresible, como un vaso de barro antiguo. La traductora nos la iba interpretando literalmente, sin cambiar las imágenes y los giros. Era una lengua dura, directa, sin muchas fórmulas retóricas. Disponía, recuerdo, de una palabra para el ganado, y otra para el ganado ya sacrificado. El reparto, la revolución, fue rápida y sobria. No hubo excesiva euforia, ni banderas, ni himnos. Y, sin embargo, fue emocionante. Por la noche se comió y se cantó. Quizás un poco más que en otras noches. Y las parejas bromearon sobre sexo y se fueron, abrazadas y riendo, a sus casas, un poco antes de lo habitual. Nosotros nos quedamos hablando alrededor del fuego. Parecíamos más impresionados que ellos por lo que había pasado. Había pasado el reparto de la riqueza. Y les costaría, probablemente, la vida. Y, en el cielo, pasaban las estrellas de otro hemisferio, iguales pero completamente diferentes, como si giraran inversas en un desagüe cósmico.

Recuerdo aquella vivencia y descubro que fue el momento de mayor inclusión real que he visto en toda mi vida. De pronto, un grupo de personas cabían juntas en el mismo sitio. Si, he visto muchos más momentos parecidos. Pero todos transcurrían en el lenguaje, no en los hechos. El lenguaje fue, aquel día, un mero trámite. Lo es siempre. Es un tam-tam. Últimamente, no obstante, da para mucho. Es donde transcurre la política, los combates, la energía del mundo. Lo que habla de un mundo sin cambios, inhóspito, pues el lenguaje no es el mundo. Construir lenguajes inclusivos no tiene por qué significar, por todo ello, una realidad más inclusiva, en la que quepan más sujetos. Para ello, hay que ensanchar la realidad, no el lenguaje. No existe en todo el mundo, en fin, una lengua y un lenguaje inclusivos. Esa no es la función del lenguaje. El lenguaje excluye. Sirve para excluir. Para excluir el ganado vivo del muerto. O para excluir absolutamente, a través de las palabras mío, tuyo, suyo. No existe el lenguaje inclusivo, pero si la capacidad de decir cosas inclusivas, en cualquier lengua. Y hace años que no las escucho, en cualquier lengua. Mientras, miro el lenguaje como cae, como siempre, por el desagüe. Ves, fascinado, algo que no parece lo de siempre, si bien lo es.

viernes, 18 de enero de 2019

¿Cuándo gobernarán los unicornios alados?

- Papá, ¿cuándo gobernarán los unicornios alados?
Así podría subir la montaña sin miedo a caerme.

Una imagen sorprendente, luminosa, soñadora...
Y un poso, un eco que guarda en mi oído
la pregunta que me lanzas.

Porque elevarse agranda el vacío,
lo hace más hondo y solitario.
Mientras, el verde se apaga
junto a la vegetación,
cada vez más escondida 
en la memoria.

- Papá, ¿cuándo gobernarán los unicornios alados?
Así podría subir la montaña sin miedo a caerme.

Sí. 
Yo también
 necesito aferrarme a la belleza
como roca que me salve,
acallar miedos y ansias
confiando en un sostén
que aparece como magia.

Pero no lo es.
No es magia, no.
Es un sueño que me empuja,
un deseo de crear, 
de liberar y cuidar.

Un unicornio.
Un unicornio alado
en el que montar 
e invitarte 
a subir,
a confiar, 
a vivir.

- Papá, ¿cuándo gobernarán los unicornios alados?
- En cuanto les dejemos volar.



lunes, 14 de enero de 2019

El derecho a la fraternidad

Hay determinadas relaciones que de primeras suenan impostadas, irreales, erróneas. Y es curioso ver como, cuando se profundiza un poco en las tensiones que hay entre los distintos polos de estas, aparecen más puntos de encuentro de los esperados, y al mismo tiempo la historia de cómo se ha ido construyendo y en función de qué intereses la imposibilidad de conjugar juntas ciertas cuestiones.

Es lo que pasa por ejemplo cuando se juntan derecho y fraternidad. De primeras, la sensación es que se trata de términos enfrentados. Pero no hay más que acompañar a Angel Puyol en el recorrido que hace desde la Grecia clásica hasta el la sociedad actual, pasando por la Revolución Francesa, para descubrir que no solo hay muchas conexiones posibles entre ambas cuestiones, sino que es prioritario recuperar la potencia revolucionaria que tienen si logramos articularlas. Acá van algunos fragmentos...

"El derecho a la fraternidad tiene dos significaciones mutuamente dependientes: una emancipadora y otra asistencial. En su sentido emancipador, la fraternidad es un ideal político cuyo fin es que todos los individuos, sin excep­ción, se liberen del poder, la autoridad, la tutela o cualquier tipo de subordinación o dependencia civil, social y económi­ca que puedan padecer. La fraternidad actúa como una metá­fora en la que los individuos o ciudadanos libres se tratan políticamente a sí mismos como hermanas y hermanos de una misma familia extendida que es la sociedad, de modo que ninguna desigualdad que pueda haber entre ellos, por natural o legítima que sea, llegue nunca a convertirse en un abuso de poder, en la sujeción del débil al poderoso. En su sentido asistencial, la fraternidad significa que los indivi­duos deben protegerse unos a otros de los males evitables de la existencia, garantizando el acceso de todos al disfrute de los bienes considerados básicos, como la educación, la salud, el trabajo, la cultura o la seguridad.

En la actualidad, podríamos pensar que la solidaridad es una buena sustituta de la fraternidad, ya que conservaría su genuino sentido político sin asumir el lastre religioso, sexista y emocional que suele acompañar a la idea tradicional de fraternidad. (...) Si bien es cierto que la idea de solidaridad acoge con facilidad el sentido asistencial de la fraternidad, plasmado en el Estado de bienestar, se desentiende por completo de su sentido emancipador, esto es, de la lucha contra las múltiples formas sociales de exclusión, sumisión, arbitrariedad, discriminación y humillación. Además, la fraternidad exige que los fraternos se traten entre sí como iguales, como iguales son las hermanas y her­manos de una misma familia, mientras que la solidaridad no se siente incómoda con relaciones asimétricas. Nos solidari­zamos con los pobres del tercer mundo, con los desplazados por las guerras y con las ballenas en extinción, pero no cues­tionamos la posición privilegiada o los mayores derechos de quienes ejercen la solidaridad. Esta ni supone ni impone, como su propia condición de posibilidad, la instauración de unas relaciones de respeto igualitario entre unos y otros. Tam­poco asegura el derecho de cada uno a beneficiarse de la pro­tección de todos, tal como vemos hoy día con la vergonzosa reducción de la solidaridad social a un concurso de méritos en que los perceptores de los subsidios sociales deben acreditar propósito de enmienda, buen comportamiento y hasta agra­decimiento para ser dignos de la ayuda que necesitan.

(...)

No se trata de saber si la fraternidad se puede decretar, sino si puede constituir un principio fundamental susceptible de inspirar al derecho o a la política, si puede dar lugar a ciertas traducciones jurídicas concretas vinculantes. En este sentido, lo que realmente importa al derecho es si la fraternidad es un principio capaz de motivar al legislador y de producir, como hacen los principios de libertad y de igualdad, las normas aplicables a la Sociedad y, por tanto, si funciona como un verdadero principio jurídico o un verdadero fundamento de derecho."



lunes, 7 de enero de 2019

Congelados

Y de repente llegan regalos que de manera inesperada te rompen los esquemas llevándote a nuevos lugares... Ayer, entre diversos libros que amacieron al pie de nuestros zapatos, uno de ellos nos pilló al despiste y entre dobles sentidos y risas complices nos llevó a un abrazo inesperado...

Mejor no contar nada para no perderse los descubrimientos que trae cada página, simplemente decir que este libro es una joya: "El lobo en calzoncillos ¡Se me congelan!"

martes, 1 de enero de 2019

Sueño

¿Qué sueño para el 2019? Que seamos capaces de escucharnos, enredarnos y crear desde lo individual y lo común como invita a hacer Bobby McFerrin en este genial vídeo:

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Joder, Lichis, otra vez...

¿Que qué he hecho este año que acaba? Dificil recordar tantas cosas que han pasado, que han ido surgiendo, que he abrazado... Pero sin embargo, tras gran parte de ellas resuena la misma banda sonora, esas canciones que han ido lloviznando los días de este último otoño, insistentes pero nunca de más... Una banda sonora de mariposas y torneos de verano, una banda sonora del Lichis, que años después de atraparme con la Cabra Mecánica y tras haberme distanciado de él en su último viraje, de repente redescubro maravillado. Melodías que van calando poco a poco para hacerse imprescindibles, letras y palabras que sin saber muy bien por qué hacen eco profundo con lo que vivo y quiero vivir...

Gracias, Lichis. Que gusto reencontrarte como viejo, amigo aunque no me conozcas. Gracias por seguir cambiando los discos que van cambiando mi vida.







martes, 25 de diciembre de 2018

Esa vida que se abre paso...

Un año más, la vida se abre paso frente al rechazo de quienes levantan muros y cierran puertas. La buena noticia se hace presente en los márgenes, en las grietas, allá donde los focos señalan tan solo para asustar.

Mientras tanto, algunos dicen hacer memoria de otro nacimiento, de otro milagro nacido a las afueras de la sociedad bienpensante y denostado por el poder reinante en la época.

En esa sombra y en esta, en aquel frío y en el de este invierno nuestro, el abrazo tierno y el calor de quienes desde la humana sencillez acogen sin preguntar alumbra y sostiene la vida.

Que dejen de blasfemar. Quienes hipócritamente celebran aquel nacimiento lejano mientras abandonan a su suerte y rechazan a la humanidad que lucha por sobrevivir, que dejen de blasfemar. 

Contemplemos, acojamos y abracemos a esta vida que, un año más, un día más, se abre paso...